ARGENTINA / Asados, mentiras, himnos y máscaras / Escribe: Orlando Barone






Están el himno Nacional y el himno al gobernador de San Juan. Un himno personal no se le niega a nadie siempre que sea efímero. E inofensivo. Más riesgoso es oír el himno nacional cantado por quienes se llenaban de júbilo apátrida cuando los Fondos buitre amarraban a la Fragata Libertad, o cuando el Gobierno inglés ignora, insultante, la soberanía argentina en Las Malvinas. Depresión y dolor fue para muchos de aquellos patriotas la restricción del dólar. Porque prefieren que se los roben en sus casas de Punta del Este antes que el Estado los limite para beneficio argentino.

En cuanto al himno nacional cualquiera es libre de cantarlo; se trate de un tenor o de un desafinado afónico. Si hasta hubo un engreído sin sustento, que osó alterar su rima y cambió en sus versos la palabra “libertad” por “seguridad”. El embobamiento bobo de sus oyentes era entonces justificado. Habría que repensar si esa libertad de cantar el himno, (que es en bastantes bocas inmerecida), no degrada sus sones y sus estrofas.


También están la marcha peronista y la marcha radical. La primera con varios discos de oro; la segunda, más fenecida, todavía se recuerda en copias antiguas para fonógrafo. Faltaría crear la marcha fúnebre de la oposición. Una marcha total de un hipotético todo colmado de una real poquedad política. Sería interesante una versión cantada por el coro de candidatos castrati. De componerse a tiempo podría estrenarse en el ex predio de la Sociedad Rural como despedida.

El año que comienza trae cosas viejas y nuevas.

Viejas son las mentiras mediáticas que manipulan la palabra “asado” junto a la palabra ESMA con la insidia de los conspiradores y para regusto de las conciencias cómplices; y nuevas son las sucesivas máscaras que desde el Poder judicial caen desenmascarándose por las escalinatas de los Tribunales. El gran enigma es saber si la máscara y la cara del presidente de la Corte son o no coincidentes.

Máscaras sobran en la escena fraudulenta de la desinformación y de la fabulación hegemónicas. Y no es necesario esperar al carnaval para verlas lucirse. Ya que se exponen cada día en los medios en reemplazo de las caras verdaderas. Los periodistas independientes de estar pendientes de no desairar a los que les permiten respirar y expeler aire que es lo que emiten, están muy ejercitados en usarlas; su oficio les permite una mutación permanente de modo que cuesta reconocer qué máscara es la que el portador siente como la auténtica. Lo mismo corre para el público que no hace caso de contraindicaciones y se la pasa ingiriendo lo que cree es un entretenimiento inocuo.

Cuidado con la ingesta mediática; el abuso produce daños colaterales. Que sumados a los laterales convierten a un receptor en un monstruo o en un cretino que repite. No es casual que un libro de Majul sobre Lanata se venda como pasto. Porque no es para lectores sino para rumiantes. No hay excusas para obligarse a comprar ese libro, pero menos para leerlo a la vista de todos en la playa.

Muchos cuentan con un stock de máscaras de distinto diseño y representación de los más variados personajes; ninguno se atreve a ponerse la de idiota porque después al sacársela no se nota la diferencia. La que mejor luce Mauricio Macri es la máscara de cínico de clase sin pecado concebido. Otros se ponen una u otra según les convenga; porque ya no tienen temor a perder la vergüenza que alguna vez tuvieron. No son tránsfugas porque cambien de partido o de orientación ideológica: lo son porque es la política la que se fuga de ellos. Por suerte no se fuga el verano. Cada día hay más veraneantes que habitantes. La astrología opositora no acierta sus oscuros presagios.

No importa, a nadie se le puede negar cantar el himno.

Están el himno Nacional y el himno al gobernador de San Juan. Un himno personal no se le niega a nadie siempre que sea efímero. E inofensivo. Más riesgoso es oír el himno nacional cantado por quienes se llenaban de júbilo apátrida cuando los Fondos buitre amarraban a la Fragata Libertad, o cuando el Gobierno inglés ignora, insultante, la soberanía argentina en Las Malvinas. Depresión y dolor fue para muchos de aquellos patriotas la restricción del dólar. Porque prefieren que se los roben en sus casas de Punta del Este antes que el Estado los limite para beneficio argentino.

En cuanto al himno nacional cualquiera es libre de cantarlo; se trate de un tenor o de un desafinado afónico. Si hasta hubo un engreído sin sustento, que osó alterar su rima y cambió en sus versos la palabra “libertad” por “seguridad”. El embobamiento bobo de sus oyentes era entonces justificado. Habría que repensar si esa libertad de cantar el himno, (que es en bastantes bocas inmerecida), no degrada sus sones y sus estrofas.

También están la marcha peronista y la marcha radical. La primera con varios discos de oro; la segunda, más fenecida, todavía se recuerda en copias antiguas para fonógrafo. Faltaría crear la marcha fúnebre de la oposición. Una marcha total de un hipotético todo colmado de una real poquedad política. Sería interesante una versión cantada por el coro de candidatos castrati. De componerse a tiempo podría estrenarse en el ex predio de la Sociedad Rural como despedida.

El año que comienza trae cosas viejas y nuevas.

Viejas son las mentiras mediáticas que manipulan la palabra “asado” junto a la palabra ESMA con la insidia de los conspiradores y para regusto de las conciencias cómplices; y nuevas son las sucesivas máscaras que desde el Poder judicial caen desenmascarándose por las escalinatas de los Tribunales. El gran enigma es saber si la máscara y la cara del presidente de la Corte son o no coincidentes.


Máscaras sobran en la escena fraudulenta de la desinformación y de la fabulación hegemónicas. Y no es necesario esperar al carnaval para verlas lucirse. Ya que se exponen cada día en los medios en reemplazo de las caras verdaderas. Los periodistas independientes de estar pendientes de no desairar a los que les permiten respirar y expeler aire que es lo que emiten, están muy ejercitados en usarlas; su oficio les permite una mutación permanente de modo que cuesta reconocer qué máscara es la que el portador siente como la auténtica. Lo mismo corre para el público que no hace caso de contraindicaciones y se la pasa ingiriendo lo que cree es un entretenimiento inocuo. Cuidado con la ingesta mediática; el abuso produce daños colaterales. Que sumados a los laterales convierten a un receptor en un monstruo o en un cretino que repite. No es casual que un libro de Majul sobre Lanata se venda como pasto. Porque no es para lectores sino para rumiantes. No hay excusas para obligarse a comprar ese libro, pero menos para leerlo a la vista de todos en la playa.

Muchos cuentan con un stock de máscaras de distinto diseño y representación de los más variados personajes; ninguno se atreve a ponerse la de idiota porque después al sacársela no se nota la diferencia. La que mejor luce Mauricio Macri es la máscara de cínico de clase sin pecado concebido. Otros se ponen una u otra según les convenga; porque ya no tienen temor a perder la vergüenza que alguna vez tuvieron. No son tránsfugas porque cambien de partido o de orientación ideológica: lo son porque es la política la que se fuga de ellos. Por suerte no se fuga el verano. Cada día hay más veraneantes que habitantes. La astrología opositora no acierta sus oscuros presagios.

No importa, a nadie se le puede negar cantar el himno.

(Diarioregistrado.com, viernes 4 de enero de 2012)

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