HISTORIA / Un relato militante (tercera parte) / Escribe: Ricardo Bermúdez






(viene de la edición de ayer)

Unos cuatro o cinco mil cumpas, que también querían pasar desapercibidos, habían llegado antes y gritaban consignas frente a una barrera de la taquería que “casualmente” había sacado permiso de portación de armas. Pistolas, FAL, tanquetas, gases, itakas, balas de goma y de las otras.

No sé por qué se resistían a darse cuenta que queríamos pasar desapercibidos y así pasar.

Miles de voces gritaban de este lado y una sola del otro.

Empilchado de azul con corbata negra —luto que sin saber o sabiendo llevaban por la muerte de Evita— y dos huevos fritos dorados sobre sus hombros, la voz decía que era el jefe del operativo, que compartía la causa y que no lo forzáramos a actuar.


Como lo hacían en la cancha los compositores del tablón, cuatro o cinco mil voces invitaron al taquero a pasarse de este lado gritándole: "los que están con Perón, que se vengan al montón".

Claro, no se quería entender que, si era peronista, por qué estaba del otro lado haciendo el laburo de la yuta.Un sillón de ruedas y dos sombras negras En la primera gaseada arrugamos todos, corriendo como si esta vez la consigna fuese "atrás mis cobardes".

Algunos se refugiaron en las calles laterales, otros comenzaron a prender fuego para disipar los gases y nosotros, hurgando desesperadamente en el bolso de Rosa, buscando limón y bicarbonato para neutralizarlos.

Quién haya probado esta medicina sabe de qué estamos hablando.

Para poder respirar hay que ser bien macho: los ojos te pican y llorás como cuando te dejó tu primera novia.

Rosa, Rosita para mé, era para los compañeros "la Marrón", aunque ella aseguraba ser canela.

Siempre admiré los genitales masculinos, por no decir pelotas, que tenía “la Marrón” en momentos como ese.

Estaba pegada a mí y yo pegado a ella; las manos muy juntas, como dos pibes que no quieren perderse, selladas por un sudor frío y pegajoso.

Cagados de miedo, pero firmes como los granaderos de la Rosada.

De pronto, en medio de la gaseada, como la puesta en escena de un milagro, salieron de la nada, un tullido en su sillón de ruedas y sombras difusas que poco a poco dibujaron en el humo blanco los negros hábitos de dos monjas.

Él, no se dejaba llevar y tampoco esperaba el giro completo de las ruedas que apuraba dándole impulso con sus manos.

La que parecía más frágil de la figuras de negro deslizaba una a una las cuentas de un rosario. La otra, que había perdido la cofia en la corrida, empujaba desafiante el sillón con todas sus fuerzas.

Los tres encararon decididos la rampa de acceso a la autopista, envueltos en el humo de los gases.

Las fuerzas policiales, que contemplaban la escena, tan azorados como nosotros, los miraron pasar. En realidad no podían detenerlos. ¿Quién iba a ser culo de apretar el gatillo?

No sabíamos si no se les ordenaba actuar o a nuestro "compañero" de azul —el de los huevos fritos— no le daban las bolas para reprimir a un tullido tracción a sangre y a dos de las esposas de Dios.

A poco se detuvieron los que habían corrido en desbandada. También comenzaron a asomarse los que estaban escondidos y hasta los que alimentaban las fogatas quedaron congelados ante el espectáculo. Por un momento, no se gritaron consignas y tampoco el altavoz emitió sonido alguno.

Todo estaba como detenido en el tiempo.

Solo esas tres figuras se movían caminando hacia la rampa de la autopista.

Callados y presurosos, apretados para juntar coraje entre todos, nos encolumnamos detrás de las dos monjas y de quien, sin piernas, abrió paso mostrándonos por dónde era el camino a Ezeiza.

La vida por Perón

Un cielo gris, en el que se dibujaban nubes más grises, acompañaba la peregrinación a Ezeiza.

Después de la primera escaramuza en Riccheri y Avenida del Trabajo, cada cual corrió por la libre bajo una cortina de gases y lluvia.

Parece mentira que en situaciones límite se piense; que haya tiempo para pensar. ¿Qué será de los chicos si nos pasa algo? Si nos pegan un tiro los viejos se mueren del corazón. ¿Por donde andarán los otros compañeros?

Las caras de los hijos: Luis y Guillermo y los lagrimones de Gloria —esa que quería ser nuera— aparecieron nítidamente, como cuando nos despedimos.

En realidad, si nos preguntaban si estábamos dispuestos a morir, habríamos dicho que no.

Y la pregunta del millón fue entonces ¿dónde quedó aquello de "la vida por Perón”?

La idea del martirio, de dejarse comer por los leones, por lo menos en ese momento, no era peronista; no quería ser. Y allí, en medio del quilombo más espantoso, es cuando se descubre que se quiere vivir.

Que la vida está por sobre todo.


Vivir por lo que uno cree; por lo que se ama. Sí, seguir viviendo para hacer realidad las utopías soñadas. “La vida por Perón” cobró entonces otro sentido: el de vivir por Perón, vivir por lo que creíamos, por los sueños que había que hacer realidad, que era como vivir por nosotros mismos. Y del cagazo de morir sacar la heroica de seguir corriendo.

Escudos, palos, más gases, balas de goma y de las otras. Algo parecido a un quilombo de empujones, palazos y heridos, ambulancias, encanados y compañeros en el suelo quietos cormo muertos.

Nosotros a puro bicarbonato y limón, pintábamos las caras de blanco, como dos payasos escapados de un circo. A esta altura, lágrimas, mocos y lluvia eran una misma cosa.

Cruzamos la Riccheri, cuando “entretenidos" les daban "máquina" a otros.

Después, en la General Paz, esquivando las balas de los helicópteros, corrimos y nos ocultamos mil veces.

Temíamos a las balas de goma que también duelen, pero más a las de plomo, que también matan. Corrimos hasta no dar más y nos ocultamos hasta no dar más.

No sé cómo llegamos a la villa. No sé cómo nos metimos en un rancho, donde llovía adentro más que afuera.

No sé cómo una botella de ginebra fue protagonista, reina y señora del "chupipase". De entrada, calentaba a otros y casi enseguida a todos.

Cuando nos tocó a nosotros, también la chupamos. Los que estábamos ahí no nos conocíamos, jamás habíamos estado juntos antes.

Sin embargo sabíamos quienes éramos, unidos en la comunión de una lucha, compartiendo un brindis de miedo en un cáliz de ginebra. Después en silencio, sin presentaciones ni despedidas, fuimos saliendo. Casi sin vernos, más aún para no vernos nunca más.La suma de todos los miedos.

(sigue en la edición de mañana)

Image Hosted by ImageShack.us