MENDOZA / Gobierno con estabilidad / Escribe: Roberto Follari






No tres tapas en contra, por parte de algún diario encumbrado; van mil tapas en contra, y el actual gobierno nacional se ha mantenido.

Sufriendo de todo: cientos de tomas de rutas cuando la sublevación de la patronal agraria, levantamiento de gendarmes este año, paros que quieren ser generales aunque no les sale, campañas permanentes de desprestigio, uso sistemático de las redes electrónicas para promover enojo en las clases medias, movilizaciones que juntan a Barrionuevo con Altamira, denuncias grandilocuentes, ahora saqueos que pretenden asociar esta situación con la muy diferente del 2001. Y el gobierno está. Allí está, y permanece firme.

Cualquiera puede imaginar a algunas otras agrupaciones políticas en circunstancias parecidas, y tendría el derecho de dudar de que fueran capaces de sostenerse en medio de vendavales políticos de ese calibre.


Vivimos la condición de un gobierno estable. Que promueve una estabilidad de la que gozan aún quienes quieren voltearlo (testimonio de esa intención destituyente es un insólito twiteo de fin de año que se atribuye a Patricia Bulrich). Todos recordamos que en los dos caceroleos -si bien más marcadamente en el primero- se llamaba a la muerte de la Presidenta; en otros casos, "sólo" pedían su desplazamiento del cargo presidencial. Algún periodista radial me preguntó por qué se insistía en considerar destituyentes a quienes reclamaban. Le señalé si le parecía que pedir la muerte de la presidenta no era enormemente destituyente. Se quedó callado, mostrando no tener cómo dar respuesta a mi afirmación.

Hubo un caceroleo, hubo dos, en una ciudad, en muchas. Más espontáneo uno, más preparado el otro. Y el gobierno sigue allí, mostrando en la Fiesta de la Democracia que podía triplicar el número de participantes y adherentes de sus oponentes.

Hubo paro a la fuerza basado en impedir que los trabajadores concurrieran a trabajar, en noviembre. Cuando se apedreó a los micros, se les desinflaron las gomas y se echó a la calle a los pasajeros, trabajadores y ciudadanos comunes que transitaban con todo derecho. Igual el paro no fue exitoso, igual el gobierno permanece firme. Lo mismo tras la frustrada movilización a Plaza de Mayo poco antes de Navidad, seguida de una sospechosa serie continuada de saqueos en diferentes ciudades. Toda la voluntad para desestabilizar al gobierno. Toda la imposibilidad de hacerlo.

Argentina ha sido un país de inestabilidades. No se podia invertir, pues no se sabía si cada gobierno duraba un día, un mes o un año más. De la Rúa se fue antes de tiempo, Alfonsín también, Duhalde igualmente. Por razones diversas, los gobiernos no han durado, y todo emprendimiento -tanto personal como empresarial- se veía amenazado por la permanente incertidumbre, por esa condición en que la única certeza era la falta de certeza alguna.

Llevamos, ahora, nueve años de estabilidad institucional, tras los abismos del 2001 y la caída de Duhalde luego de los asesinatos de Puente Pueyrredón. Ya no andamos a los saltos, ni vivimos urgidos por futuros cambiantes e inescrutables.


Estabilidad. Gozada aún por quienes trabajan contra ella. Los que quieren voltear al gobierno, no lo han conseguido; pero como consecuencia no buscada de su propio fracaso, han tenido la posibilidad de planificar a mediano plazo, viajar de turismo por el país y fuera del país con facilidad, ahorrar conociendo las condiciones sin que cambien todos los días, vivir cada mañana sin poner la radio en urgencia para enterarse qué pasó con el gobierno, con el futuro y con las variables del empleo y las finanzas.

Estabilidad. Nada menos. La tenemos, y como la tenemos no la notamos, y quizá no la valoramos. Ojalá seamos capaces de advertir su importancia, pues -junto a Bolivia y Ecuador- vivimos en uno de los países más inestables de Sudamérica, y durante décadas tuvimos que acostumbrarnos al daño periódico producido por las repetidas y abruptas rupturas institucionales.-

(Diario Jornada, martes 1 de enero de 2012)

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