HISTORIA / Mártires de Chicago y el tardío "perdón absoluto" (segunda parte) / Documento






VIENE DE LA EDICION DE AYER

El Estado nunca encontró a los responsables de arrojar la bomba que mató al policía, y la evidencia no demuestra ninguna conexión entre los acusados y el hombre que la arrojó. El juez que intervino en la causa se manifestó de la siguiente manera tanto al denegar la moción para una nueva audiencia como en un artículo publicado recientemente en una revista: “Los acusados no fueron condenados por haber tenido alguna participación en el acto específico que causó la muerte de Degan; fueron condenados porque ellos en general en sus discursos y en sus impresos, habían aconsejado a grandes cantidades de personas, no a individuos particulares, sino a grandes cantidades, cometer asesinato, y habían dejado la concreción de tal crimen -la hora, el lugar y el momento- a voluntad y capricho de la persona que escuchaba tal consejo, y como consecuencia de tal consejo, siguiendo tal consejo e influenciado por tal consejo, alguien a quien no conocemos sí arrojó la bomba que causó la muerte de Degan. Ahora, si esto no es un principio del derecho, entonces, por supuesto, los acusados tienen derecho a un nuevo juicio. Este caso no tiene precedente; no hay jurisprudencia de un caso de este tipo”.

Sin dudas, el juez decía la verdad cuando declaraba que este caso no tiene precedentes, y que no había ningún ejemplo en los códigos de leyes que aplicara la ley en el sentido declarado aquí arriba. Porque, en todos los siglos durante los cuales los hombres se han dado gobiernos y el crimen fue castigado, nunca antes un juez de un país civilizado ha establecido semejante ley.



Quienes defienden a los acusados y peticionaron por ellos sostienen que la ley se aplicó en este caso de este modo sencillamente porque la fiscalía, al no haber descubierto al verdadero criminal, no habría podido condenar a nadie, que este curso de acción se determinó para aplacar la agitación pública y que por los mismos motivos se permitió que el juicio continuara.

No voy a discutir esto. Pero aun aceptando la ley en el sentido arriba expuesto, era necesario probar –fuera de toda duda razonable- que la persona que cometió el atentado había oído o leído, por lo menos, el consejo, porque si no lo oyó ni lo leyó, no puede decirse que lo recibió…

También destacan que toda los argumentos que se encuentran en el expediente, muy citados por el juez en su artículo para demostrar el uso de un lenguaje sedicioso e incendiario por parte de los acusados reviste muy poca importancia cuando se considera la fuente de donde proviene; los dos periódicos en los que algunos artículos aparecieron a intervalos durante algunos años eran hojas oscuras que apenas tenían circulación.

Respecto a la gigantesca conspiración anarquista, no merece una consideración seria, teniendo en cuenta que a las reuniones que tenían lugar a la orilla del lago durante el verano, convocadas por estos agitadores, solo concurrían unas cincuenta personas…

Se destaca, además, que esta bomba fue arrojada, muy probablemente, por alguien que buscaba venganza personal; que las autoridades se habían conducido de modo tal que era natural que sucediera eso; que algunos años antes del asunto Haymarket había habido agitación obrera y que, en varias oportunidades, trabajadores inocentes habían sido asesinados a sangre fría por los hombres de Pinkerton, sin que la justicia castigase a los asesinos; (…) que en Chicago había habido varias huelgas en que la policía, (…) sin ninguna autorización, invadió y dispersó reuniones pacíficas, y en muchos casos apaleó brutalmente a hombres inocentes. (…)

Señalan además que en la primavera de 1886 hubo más agitación obrera en la fábrica Mc Cormick; que bajo la dirección del capitán Bonfield, las brutalidades del año anterior se multiplicaron; que la policía cometió asesinatos sin ningún tipo de provocación y sin que se hiciera la más mínima investigación. (…)

Señalan también que gran parte de la evidencia presentada en el juicio fue pura invención; que algunos prominentes oficiales de policía no sólo aterrorizaron a hombres inocentes, encerrándolos en la cárcel y amenazándolos con la tortura si se negaban a jurar lo que ellos deseaban, sino que hasta llegaron a ofrecer dinero y empleo a los que accedían a hacer esto. Además, planificaron deliberadamente montar falsas conspiraciones para tener la “gloria” de descubrirlas.

También hacen referencia a varios documentos, entre ellos una entrevista al capitán Ebersold, publicada en el Daily News (Diario de Noticias) de Chicago, el 10 de mayo de 1889. Ebersold era jefe de la policía de Chicago cuando tuvieron lugar los sucesos de Haymarket. Entre otras cosas dice: "Después de que aniquilamos las sociedades anarquistas, Schaack quiso enviar agentes que organizasen nuevas sociedades. Quería tener la cosa en ebullición para conservar su prominencia ante el público. Yo me negué".



Esto es de suma importancia, por cuanto arroja luz sobre toda la situación y destruye gran parte de la fuerza del testimonio presentado en el juicio.

Los hechos tienden a demostrar que la bomba fue arrojada por una persona que procuraba una venganza personal, y que el fiscal nunca descubrió quién la arrojó, y la evidencia no prueba en absoluto que el hombre que la arrojó haya leído u oído una palabra de los acusados; (…) por lo tanto no había pruebas para procesar a los acusados...

Fielden y Schwab

Durante el juicio detectives y policías dijeron bajo juramento que durante la manifestación de Haymarket el acusado Fielden prorrumpió en amenazas de muerte en el momento en que llegaba la policía (…) y un policía jura que Fielden sacó un revólver y disparó contra la policía antes de que se arrojara la bomba…

Pero algunos periodistas, que el estado llamó como testigos, dijeron que Fielden no hizo tales amenazas, ni usó ningún revólver. (…) Si quedaba alguna duda sobre las pruebas contra Fielden éstas fueron disipadas por el juez Gary y el fiscal Grinnell del Estado. (…)

En el otoño de 1887, algunos de los empresarios más destacados de Chicago se reunieron para consultar si debían solicitar un indulto para alguno de los condenados. El Sr. Grinnell estaba presente y manifestó que tenía serias dudas sobre si Fielden tenía un revólver en aquella ocasión, e incluso sobre si alguna vez había tenido uno.

Sin embargo, durante la primavera anterior, ante la Corte Suprema, se había hecho mucho hincapié en las pruebas relacionadas con lo que Fielden había hecho en la reunión Haymarket.

Resulta evidente que no había pruebas contra Fielden por algo que hubiera sucedido aquella noche, y como queda demostrado, para ser considerados culpables él y los demás acusados por las consecuencias y efectos de instigación perniciosa y criminal a la violencia ante grandes masas, ya fuera en discursos o impresos, debe demostrarse que la persona que cometió el atentado haya leído u oído tal instigación: porque no puede decirse que el culpable actuó bajo tal instigación si nunca la recibió.



Declaraciones del fiscal sobre la inocencia de Neebe

El honorable Carter H. Harrison, entonces alcalde de Chicago, y el Sr. F. S. Winston, procurador general de Chicago, tuvieron una conversación con el fiscal Grinell respecto a la evidencia contra Neebe. Según los señores Harrison y Winston, el fiscal manifestó que no creía que hubiese pruebas contra Neebe, y que quería dejarlo fuera del proceso, pero que sus colegas lo disuadieron por temor a que semejante paso influyera al jurado en favor de los demás acusados.

He analizado cuidadosamente toda la evidencia que existe contra Neebe y no pude hallar ni la sombra de un cargo contra él. Algunos de los otros acusados eran culpables de utilizar un lenguaje sedicioso, pero ni siquiera esto puede atribuirse a Neebe.

Prejuicios o complacencia del juez

Los que defienden a los prisioneros también manifiestan con amargura que consta en el expediente que el juez condujo el juicio con una ferocidad maliciosa y forzó a los ocho hombres a ser juzgados en conjunto; que en el interrogatorio de los testigos provistos por el Estado, el juez obligó a la defensa a limitarse a ciertos puntos específicos, mientras que al interrogar a los testigos de los acusados permitió que la fiscalía inquiriera sobre temas totalmente ajenos a las hechos; también manifiestan que a lo largo del juicio todos los dictámenes fueron favorables al Estado. Además, folio tras folio el expediente contiene insinuaciones del juez, con la evidente intención de alinear al jurado con su particular punto de vista, y que estas exposiciones, que provenían del juez, fueron mucho más perjudiciales que cualquier arenga del fiscal del Estado; que el fiscal a menudo se inspiró en el ejemplo del juez en sus exposiciones. (…)

Estas acusaciones son de carácter personal, y aunque parecen respaldadas por los expedientes del juicio y por los documentos que tengo ante mí y tienden a demostrar que los acusados no tuvieron un juicio justo, no creo necesario seguir discutiendo este aspecto del caso. Estoy convencido de que es mi deber tomar partido por las razones expuestas y, por lo tanto, concedo el perdón absoluto a Samuel Fielden, Oscar Neebe y Miguel Schwab, hoy 26 de junio de 1893.

26 de junio de 1893. John P. Altgeld.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

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