¿Cuántas veces nos hemos sentido (tanto en el orden individual, como en familiar o en el político) ante un dilema semejante?
No pocas por cierto y resolverlo nunca fue fácil ni siempre posible; si por eso entendemos no quedar definitivamente encerrados, o morir en el intento de encontrar una salida.
Más aún, la metáfora de un Callejón sin Salida es peor que el enigma del Laberinto, porque en este último –aunque dificultosa- hay una salida, a pesar de que haya que derrotar al Minotauro o pasar las de Caín para llegar hasta ella.
¿Pero en el Callejón sin Salida, dónde está la salida?
Pues –aunque usted no lo crea- la hay, claro que encontrarla requiere mucho más inteligencia que fuerza.
Es cosa más de políticos que de guerreros; de sabios, que de especialistas o doctores con varios diplomas; de jugadores de ajedrez, más que de play station.
Siempre recuerdo la frase que Augusto Roa Bastos pone en boca del personaje de una de sus novelas: “En un callejón sin salida, la única salida es el callejón”.
Tan enigmática, como cierta.
DE RUSIA CON AMOR
No piense ahora en la película homónima de Agente 007 (Sean Connery), sino en el rostro –mucho menos atractivo por cierto- del presidente ruso Vladimir Putin (el cual, dicho sea de paso, dirigió por años la temida KGV, eterno rival de la CIA y del M16, para los cuáles trabajaba Connery) y verá que acaba de darnos una respetable lección de inteligencia política: le encontró una “salida” (así entre comillas) al callejón hacia el cual estaba derivando la situación Siria.
En el momento en que resultaba inminente un ataque norteamericano sobre suelo sirio (para destruir su arsenal de armas químicas, con las previsibles consecuencias del caso), los rusos sacaron a último minuto un as de la manga y lograron volver la opción militar atrás y reinstalar la conversación política.
¿Por cuánto tiempo?, no se sabe.
¿Desapareció el problema de fondo?, todavía no.
Entonces, ¿por qué decimos que encontró la salida del callejón?: precisamente porque llevó las cosas al principio (a la Entrada), es decir a ese punto dónde es posible volver a decidir cómo seguimos.
Cuando todo parecía derivar hacia una única opción (la guerra y su equivalencia de muerte), logro que haya sobre la mesa –al menos- más de una opción.
Le arrancó a los sirios la promesa de entregar su posible arsenal químico, de una manera no completamente desdorosa (a los rusos y a través de ellos a una inspección internacional) y los comprometió para que firmen el tratado respectivo de no fabricación o almacenamiento (cosa que el gobierno sirio ya puso en marcha ante la ONU); le dio una salida elegante al pobre Barak Obama que –a pesar de sacar pecho- no estaba muy seguro de que su propio Congreso le autorice un ataque directo; frenó a los vecinos iraníes siempre dispuestos al río revuelto (arsenal nuclear propio de por medio), así como a tantos otros actores cercanos o lejanos a los cuáles siempre les resulta atractivos los desarreglos en ese polvorín llamado Medio Oriente.
Es que aunque usted tampoco lo crea el mundo también lleno de pirómanos, siempre “con las mejores intenciones” claro está.
Por cierto que la Santa Madrecita Rusia (desde los zares a Putin) no son los “buenos” de la película, pero esta vez fueron inteligentes y eso sirvió para volver a transformar en Calle (aunque más no sea provisoriamente) lo que se había convertido en un Callejón sin salida.
Y créame que eso es lo primero porque lo duradero -si llega- siempre será después y a partir de haber logrado esta pequeña y primera victoria.
Putin recorrió –como corresponde- un Callejón sin Salida: es decir, hacia atrás y para no volver a entrar en él.
Del Callejón sin Salida (como su nombre lo indica) no se sale, sino que lo único posible es no volver a entrar.
PEQUEÑO PROSPECTO ILUSTRADO
Me parece que de ese episodio concreto, es posible extraer algunas reglas prácticas para episodios políticos similares.
Si me permite el atrevimiento, las expresaría de esta manera: 1) Advierta cuando esté en una situación así.
¿Y cuándo lo está?
…cuando la única solución posible implica la autoinmolación o la eliminación del otro, o sea cuando la única opción que le queda es la guerra;
2) Ni se le ocurra avanzar por ese callejón para ver si encuentra la salida.
Advierta rápidamente que la única salida es el lugar por donde entró, o sea avance hacia atrás y no crea que por eso está retrocediendo;
3) Si logró volver a la entrada, desanude la “lógica” que lo llevó a meterse en ese callejón, mire otra vez bien el mapa y recomience su camino.
Si no es tonto o empecinado, verá que los callejones sin salida son en general resultado de malas decisiones (políticas), antes que trampas ineludibles o naturales de la cartografía.
Enójese con usted mismo, para no tener que volver a lamentarlo, o echarle la culpa al del costado.
4) Entienda que si una política lo llevó a un callejón sin salida, no es una buena política.
Cámbiela sin el menor titubeo y no crea que con eso le está concediendo algo al mapa.
Su eficacia no consiste en perderse, sino en llegar, lo mejor posible y con la mayor cantidad de personas indemnes.
Sólo en la guerra o en ciertas cruzadas semiteológicas, la verdad puede llegar a coincidir con la muerte.
En política nunca, porque las opciones son siempre al menos dos;
5) Y recuerde otro sabio consejo que también viene de Oriente: transforme los antagonismos en contradicciones.
Los primeros son de a dos y generalmente requieren la eliminación de uno de ellos; las contradicciones en cambio son dialécticas (es decir de a tres) y por eso mismo pueden resolverse, sobrepasando la lucha a muerte.
Esta vez el autor de la buena idea es Mao Tse Tung (que no fue amigo de los rusos por cierto, pero que también tuvo una milenaria experiencia política detrás).
Su tan citada frase “Que florezcan mil flores” nada tiene que ver con la jardinería, sino con lo que el hombre llamó “dialéctica de la simultaneidad de la contradicciones” (1957) y en cuya adecuada conducción fincaba para el chino el arte de no caer en callejones sin salida.








