HISTORIA / Un relato militante (segunda parte) / Escribe: Ricardo Bermúdez






(viene de la edición de ayer)

Esa noche el grupo, como si fuera un estado mayor, planificó su participación en el así llamado "Operativo Retorno" del 17 de noviembre de 1972.

Nosotros con Rosa nos la vimos venir. La tarde del 16 dejamos en casa a Luis y Guillermo que eran adolescentes, y a mis viejos, que con tono de rezongo nos reconvinieron que tuviésemos cuidado.

Que si Perón volvía iba a haber quibombo; que no anduviésemos hasta tarde por la calle que era peligroso. Ah!, también estaba Gloria, novia de Luis, que por entonces quería ser nuera.


De movida sabíamos que no volveríamos temprano a casa; no queríamos confesarlo pero tampoco teníamos la certeza de volver tarde.

El mate y la lluvia fueron la compañía de esa noche de noviembre, en el comedor de los Arcuri.

Estábamos de acuerdo en llegar a Ezeiza como fuese.

Allí descendería el avión que traía a Perón de Madrid.Expreso a Ezeiza

En noviembre, las noches en Buenos Aires son templadas; sin embargo la del 16 de noviembre de 1972 fue particularmente fría.

Fría porque hizo frío y la lluvia que mojó era fría, pero mucho más fría porque el frío tenía mezclado el cagazo, que es un frío mas frío porque viene como de adentro.

Ese cagazo no era un cagazo abstracto, era uno concreto a desaparecer, a que te den para que tengas en la "parrilla" o que te hagan la boleta tirándote atado con alambre al Río de la Plata.

Metodología extraída del manual costumbrista de la patota militar.

Antes del amanecer nos largamos de a pocos a tornar el colectivo. Cruzamos la avenida Belgrano, donde como un monumento del pasado todavía quedaba en pie el sostén de una garita.

La humedad pintaba de brillo los viejos adoquines y las vías casi muertas esperaban herrumbrándose a los tranvías de carga de la Quilmes que ya no vendrían.

Una cuadra más: Moreno y Catamarca, donde tenía la parada el 122. Quince minutos más tarde y a lo lejos se lo vio venir.

No hay ley física que pueda explicar la ecuación: lleno, más quince más, igual todos arriba.

La copia de una acuarela, fileteada por Martiniano Arce del Zorzal criollo y una estampita de la Virgencita de Luján eran parte de la decoración interior del bondi.

Un enorme espejo biselado cubría todo el frente, de costado a costado, para mirar para atrás y un escarpín de su primer hijo varón pendía del centro, junto debajo de un reloj que marcaba, con solo diez minutos de atraso, las cinco y media de la mañana.

Por primera vez tuve plena conciencia que a esa hora había gente que iba a laburar, cosa que como empleado de oficina, no siempre se tiene muy presente.

Ahí estaban los héroes comunes y silvestres de todos los días.

Los que se levantan de noche para ir al yugo y también volvían de noche después de una larga jornada.

Esos que se bancan al capataz: las minas, acosos, y los machos, verdugueadas por salarios de mierda.

Claro que se dan cuenta de que los están cagando, pero no les queda otra, lo hacen por sus familias; que traducido al castellano significa concretamente: por la jermu, los bepis, el morfi y también —por qué no— por esos sueños tan soñados para él, los bepis y su jermu.


Los mismos que, del otro lado de la mañana, tenían cara de preguntarse qué carajo estarán haciendo esos "raros" a esta hora de la madrugada.

Claro, los raros éramos nosotros, que no empilchábamos de obrero, ni teníamos olor a patria metalúrgica, ese de fatigarla en laburos que fatigan.

Sabíamos que ellos sí iban a jotrabar; algunos a los frigoríficos de Mataderos, otros tal vez en la misma autopista que nos llevaría a Ezeiza. Calle Moreno a marcha lenta, todavía con algunos en el estribo. Vuelta en Boedo, vuelta en Carlos Calvo.

Neblina, humedad, garúa. Silencios con diálogo de miradas, que querían saber si vos sentías el mismo cagazo de pueblo raso, que sin entrenamiento a poco tendría que laburar de héroe.

Como por Carabobo, de otros colectivos, sentimos la música de la "marcha" cantada con letra de autor anónimo y "se va a acabar, se va acabar, la dictadura militar", "que al viejo le da el cuero", con lo cual se fue a la mierda la estrategia de pasar desapercibidos.

Más a la mierda se terminó de ir, cuando bajamos en Avenida del Trabajo.

(sigue en la edición de mañana)

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