(viene de la edición de ayer)
En otro momento hubiésemos tenido vergüenza de pedir permiso en una casa para echarnos un meo. Pero dicen que la necesidad tiene cara de hereje y las ganas habían cambiado nuestras caras de todos los días en caras de herejes.
La mujer se nos adelantó facilitando el encuentro. Estaba parada en la puerta de su casa, mojada como nosotros, con los brazos cruzados bajo sus pechos, tiritando a tal punto que al principio nos costó entender que decía.
"¿Van para Ezeiza? Qué locura; mi marido salió temprano, con vecinos del barrio". Le pedimos permiso y pasamos al baño; no sacamos las ganas y las camperas, estrujándolas como un trapo de piso.
El agua que chorreaba la sentimos tibia al contacto con nuestras manos moradas de frío y nos las pusimos otra vez.
Cuando salimos, la dueña de casa seguía en la puerta de calle: "Estoy muy preocupada, él quería ir a buscar al General". Le dijimos que se metiera en la casa, que se iba a pescar un resfrío. Temblando de frío y de nervios, insistía en la preocupación por la suerte de su esposo.
Rosita se acercó, pasándole una mano sobre los brazos cruzados, como para calmarla, le dijo: "yo por eso estoy acompañando al mío, para no preocuparme".
Más adelante los vecinos de los departamentos de Villa Madero, nos alertaron de la encerrona que estaban preparando tropas del ejército y de la policía.
Elegimos el camino de las vías, lo más lejos que podíamos estar de la ruta y de la barrera.
Una Itaka salida del baúl de un patrullero, no tan cerca pero no tan lejos, nos mandó cuerpo a tierra abajo del terraplén.
En el camino del cuerpo a tierra me di cuenta que "la Marrón" también estaba en la trayectoria de las balas, pero los compañeros la habían empujado y medio segundo después caía arriba mío.
Y otra vez a correr.
De pronto, las vías que creíamos muertas cobraron vida cuando una señal anunció la venida de un tren que no tenía que venir. Había que moverse rápido, el silbido se sentía cada ver más cerca. Siempre mirando hacia atrás, en medio de un puente embarrado con una improvisada baranda humana, de la que se agarraban los que tenían vértigo y los que temían resbalar por los durmientes también amasados en lodo, todos llegamos del otro lado, convencidos de que ese día, superando nuestros miedos, estábamos haciendo historia.
Un día en el que también aprendimos cuan difícil es para hombres y mujeres comunes laburar de héroes.Promesa, peregrinación Cuando nos creímos perdidos, las huellas que cientos de compañeros habían dejado en un pastizal, nos señalaron que por ahí se iba a Ezeiza.
Un tanque oculto entre los yuyos, que nos vio pasar, nos paralizó la sangre, pero no hizo nada.
Claro que todo no era de barro y frío; pero otras cosas nos calentaron el alma. Ver a los compañeros encaramados en los tanques, chamuyándose a los soldados y suboficiales. Cruzando a nado un río color negro. A una anciana de ochenta largos, arropada con una bandera argentina, que arrastraba sus pies caminando con mucha dificultad y que al verla, desde un camión, alguien le tendió una mano invitándola a subir. Invitación a la que abuela respondió: "no gracias; hace tiempo hice la promesa de que si Perón volvía, lo iba a buscar caminando".
Los pausados movimientos de su cuerpo y el lento arrastrar de sus pies, enseñaban cómo se cumple una promesa y el recogimiento, la mística de una solitaria peregrinación. Lo demás está en los diarios.
La historia grande del 17 de noviembre de 1972 ha sido contada mil veces por mil cronistas e historiadores y analizada desde todos los ángulos posibles por opinólogos, filósofos electrónicos e intelectuales del papel.
La estampita de Rucci con el paraguas, que Lanusse lo quería tener en cana, que el Coronel Cornicheli, que el charter, que los artistas, que lo querían matar.
Cada uno de los que participaron aquel día podría escribir su versión de ese pedazo de historia.
La de la historia chica, la que habían protagonizado como simples actores de reparto.El diario del día después Nosotros estuvimos ahí. Casi sin saber; por vos, por otros como vos, por nosotros mismos, por los que amábamos, por los que no conocíamos.
Al otro día lo vimos en Gaspar Campos. Ya estaba de vuelta en su tierra. Cuando salió a la ventana a saludar, tu abuela se desmayó después de gritar..."Macho".
Como generación es cierto que no pudimos hacer realidad muchos de los sueños soñados, pero tampoco podemos negar la actitud heroica de todo un pueblo, del cual fuimos parte, que luchó en la Resistencia y que fue capaz de hacer posible el retorno del General a su tierra.
Ese día todo fue festejo, en el que se mezclaban esperanzas y alegrías. Mi cumpa Muzzo le dijo a su mujer: "esta noche encargamos un machito". Luego fue una hija, María Eva. El tano se conformó diciendo: "a las hijas mujeres hay que quererlas igual".
Se venía la oportunidad de soñar despiertos con los grandes cambios.
No sospechábamos el quilombo y la represión más salvaje de que se tiene memoria. Cómo saber que Balbín saltaría la tapia. Que los montos, sin querer o queriendo, salieran a destiempo a plantear una lucha que no tenía destino. Que en el medio se nos moriría el Viejo. Que Luder, como siempre, no podría ser del todo; que Isabelita tampoco podría ser lo que no era.
Luego, los Falcon verde y el terrorismo de Estado, los desaparecidos. Pero ese es el diario de muchos días después; otra historia.
Fue una de las pocas veces que tuvimos al General ahí nomás, vereda por medio, tan cerca, sin darnos cuenta que siempre estuvo en nosotros.
Sus ideas de justicia y libertad fueron para nuestra generación una guía.
La razón por la que nuestros muertos están vivos, la conciencia de un destino, la eterna llama que mantendrá jóvenes y encendidos nuestros corazones.
(Carta a mis compañeros de toda la vida; muy especialmente a mi nieto mayor Juan Manuel, que nació un 17 de noviembre sin saber que se conmemoraba ese día un fecha histórica)








