HISTORIA / Piedrabuena, el campeador de las borrascas (primera parte) / Escribe: José Luis Muñoz Azpiri (h)







“Sólo tú comprendías el idioma salvaje
De las aguas rabiosas y de la tempestad;
El océano vencido te entregaba sus presas,
La muerte era tu juego de niño, capitán”
Héctor Pedro Blomberg (*)



Ígneo, glacial, según las circunstancias, su estampa legendaria se nos presenta más como la de los navegantes del Descubrimiento, los personajes de las letras de Conrad, Salgari y London, o el protagonista de una saga escandinava, que el bizarro marino que protegió durante décadas nuestra presencia en las latitudes australes. Había nacido el año del despojo de Malvinas, tal vez por ello los hados fatídicos del destino lo marcaron para siempre. De no ser por él, hubiéramos perdido también la Tierra del Fuego y el territorio al sur del río Santa Cruz.


Nunca será generosa la elevación de su alma. Criollo, hijo de criollos, vio la luz en Carmen de Patagones el 24 de agosto de 1833, ciudad cuyos fundadores tuvieron “honra de hijosdalgos y personas de noble linaje y solar conocidos” y que seis años más tarde protagonizaría uno de los episodios más gloriosos de la guerra con el Imperio de Brasil.

Fue en las costas del río Negro, verdadero limes del hombre blanco en las soledades patagónicas, donde se despertó su vocación marinera. A los 9 años se embarcó para Buenos Aires, donde bajo la tutela de James Harris completó sus estudios primarios. Este veterano marino, también conocido como “el cojo Harris” había surcado los mares junto a Bouchard en el legendario crucero “La Argentina”, aquel que había logrado el reconocimiento de nuestra independencia en el archipiélago de Hawai e izado nuestro pavés en las costas de la actual Norteamérica. Los comienzos de Piedrabuena no podían ser más provisorios.

En 1847, terminados sus estudios, se embarcó en el pailebote “John E. Davison”, al mando del entonces reputado “Cónsul Smiley” quién se convirtió además en su guía y maestro. De esos días, recordaría posteriormente Luis Piedrabuena, que al zarpar Smiley lo llamó al alcázar y señalándole la escandalosa del mayor, le dijo: “en adelante, nadie más que tú aferrará y largará esa vela. Vete a largarla”. Después de recalar en las en los Malvinas, este lobo de quince años, pasó los próximos doce meses en los mares antárticos, encalleciendo sus manos con el ejercicio del arpón.

Es en una de estas travesías de caza de ballenas que un temporal los obligó a recalar en la Isla de los Estados. Al fondear el capitán Smiley advirtió los restos de un naufragio reciente y cercano, por lo cual ordenó alistar la ballenera que comandaba Piedrabuena para partir en auxilio de posibles supervivientes. Éste, desafiando los recios aquilones, condujo su lancha hasta los escollos y arrancó de la muerte a un grupo de náufragos de un buque alemán, que en la mañana el oleaje había destrozado contra las rocas. Si bien con los años no recordaría el nombre del barco, se convierte ésta, en la primera de una larga y generosa historia de actos similares.

Fue en este viaje también cuando Piedrabuena presenció, al desembarcar en Puerto Español, Bahía Aguirre, la desgracia de la misión Allan Gardener, cuyos componentes sucumbieron ante el clima y el hambre. Dice el capitán en su diario:

“Al día siguiente del triste hallazgo, cumpliendo con un deber humanitario tan sagrado para los que arrostramos nuestra vida sobre las olas, dimos sepultura a todos ellos tributándoles como auxilio religioso plegarias que salían de nuestros labios, tan mudas como nuestras lágrimas. Los marinos se lloran porque ellos en la desgracia son siempre hermanos”.

Pocos años después, como continuación de la iniciativa de Gardener llegarían nuevamente misioneros a la Tierra del Fuego. Esta vez Thomas Bridges y su esposa se convertirían pioneros de Ushuaia y fundadores de Puerto Harberton.

En 1850, con apenas diecisiete años ascendió a primer oficial, empeñándose en la caza de focas y huevos marinos. La exploración en busca de loberías condujo la nave por las islas del sur del continente, los estrechos y los canales fueguinos hasta llegar a la cercanía de la Tierra de San Martín o península antártica. En un reconocimiento ordenado por el comandante del buque, la ballenera de Piedrabuena quedó encerrada entre montañas de hielo y sus tripulantes debieron permanecer ¡un mes! sobre el hielo, alimentándose de carne de foca y aves marinas. Tan solo hombres de una excepcional fortaleza física y moral pueden padecer semejantes penalidades. Fue, tal vez, el primer argentino del que se tenga noticias, que desembarcó en las costas del continente blanco.

En 1854, Piedrabuena, ya para entonces piloto, fue designado capitán del buque “San Martín”, con el que zarpó para Nueva York. Previamente, en sus derroteros por las costas fueguinas, se había relacionado con los caciques aborígenes a quien le regalaba – entre otras cosas –banderitas de lona que él mismo confeccionara, a fin de que se relacionaran con los colores de nuestra nacionalidad. En los Estados Unidos completó sus estudios de náutica, idiomas (hasta fue competente en lenguas aborígenes) y mecánica, en la cual llegó a ser un verdadero artífice. Siempre con Smiley, en 1856 se embarcó como primer oficial en la goleta “Merriman”, y navegó por el Golfo de México, el Caribe, Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo y Haití.

En 1858, embarcado en el “Nancy”, vuelve al Atlántico Sur y una vez más, también en la Isla de los Estados, debe participar en un salvataje. Son 24 los náufragos a quienes desembarca en las costas del continente, donde hay buques cargando guano; para ello se ve obligado a perder sus cardúmenes. Poco después, al mando de la goleta “Manuelita” debe salvar en Punta Ninfas a la tripulación de la ballenera norteamericana “Dolphin”. Durante esa maniobra, el bote que él había enviado, se estrella contra las rocas. Viendo Piedrabuena en peligro a su propia tripulación, deja la caña del timón a su cocinero y se embarca con los únicos dos marineros que le quedan a bordo de otro bote. Realiza así un salvataje por partida doble.

¿Rescates? Algunos otros: El año 73 salva seis náufragos del “Eagle”, pailebote inglés, en la Isla de los Estados. El año 74 salva 21 náufragos de la “Pactolus”, goleta alemana en False Bay, Tierra del Fuego. El año 77 recogió a 21 hombres y una mujer sobrevivientes del “Anne Richmond”, barca inglesa de carbón, que se había incendiado en alta mar. El año 73, siempre bajo bandera argentina, ya había rescatado 20 tripulantes de la “Cuba”, barca noruega, al sur de Santa Cruz. Jamás aceptó retribución alguna por sus servicios, pues lo consideraba un deber sagrado. Dice Ricardo Rojas: “Vivió como un pirata, pero en función de caridad”.

Era Sísifo encarnado. Una y otra vez se lo solicitó para rescates imposibles, lo cual significaba en abandono de sus tareas económicas, con el consiguiente perjuicio personal. Pero no trepidaba en hacerlo. No pedía cera para sus oídos, ni que lo ataran al mástil, simplemente se echaba al piélago para escuchar a las sirenas. Era la tierra firme lo que verdaderamente lo mareaba, necesitaba el abismo oceánico, vivir peligrosamente.

Sus proezas fueron reconocidas por las principales naciones del mundo. Entre ellas, el Imperio Alemán, que le envió una hermosa nota, acompañada por un magnífico catalejo, cuyo estuche llevaba grabada la siguiente inscripción: “Nos, Guillermo, por la gracia de Dios, Emperador de Alemania y rey de Prusia, concedemos esta caja como recuerdo de gratitud al capitán Luis Piedrabuena, del buque argentino “Luisito”, por los servicios prestados en el salvamento de la tripulación del buque alemán “Dr.Anson”, naufragado en octubre de 1874”.

Ya durante el desarrollo de estas hazañas de la “Providencia de náufragos”, había fundado su establecimiento en la isla Pavón y adquirido la propiedad del “Nancy”, al que procedió a armarlo para defenderlo de los raqueadores:

“Singular actividad que antaño se dio con frecuencia en los mares patagónicos y fueguinos y que entregó importantes beneficios a quienes la practicaron, tanto que se hicieron fortunas no pequeñas comerciando con estos despojos (marítimos). La importancia que se daba entre los habitantes de Punta Arenas a los siniestros marítimos era tal que, según lo atestigua el agudo periodista viajero norteamericano John Spears, acostumbraban dar gracias a Dios por un buen naufragio”. (1)

“Raqueador” es una palabra derivada de “raque”, corrupción a su vez de la voz “wreck”, que significa naufragio. Despojar los restos de los bajeles y a sus desdichados tripulantes fue una actividad sumamente rentable para los Kelpers.

“Los intrusos habitantes de las Islas Malvinas, que operaban frecuentemente en la Isla de Los Estados, para cazar y obtener madera (en operaciones de robo y depredación no penadas por falta de policía y medios) se dedicaban como operación marginal a asaltar a los náufragos de sus costas y lo hacían de dos formas: o bien robando y hasta asesinando a los infelices hallados en tales condiciones o “rescatándolos” y obligándolos al pago de cuantiosas sumas por tales salvamentos. Cuestión de idiosincrasia y de cuna, tan disímiles a la de nuestro Piedrabuena.

Ya en la Inglaterra inmemorial han sido frecuentes los falsos faros o luces en sus costas, para guiar a zonas de desastre a los buques en navegación, hacerlos naufragar y robar sus cargas y efectos. La lengua de Shakespeare tiene la palabra “wrecker” que el Diccionario de Oxford (edición 1960, p.1499) define como: “One who or that wich, wrecks, esp. a person who tries to cause shipwrecks by showing, false lights on the shore in order to steal goods, etc. from the wreckage” (Alguien que, especialmente en los naufragios, o las personas que ponen falsas luces en las costas para producirlos, para robar las mercancías o efectos. etc. de esos naufragios) Mas claro, el agua.

Contra esos ya beneméritos “kelpers” luchó Piedrabuena, su antítesis en materia de salvamento y de “wreckage”, en este año de 1860, en la playa de la isla de Año Nuevo y con su artillado “Nancy”.

Salvó así y entonces a los náufragos de la barca alemana “Thaler”, del peligro del mar y de los “falklanders”.

Durante este año, la “Nancy” realizó operaciones de caza y pesca en aguas fueguinas y estuvo frecuentemente recorriendo el Le Maire, los Estados y sus adyacencias” (2)

Luego del robo de las Islas Malvinas el 3 de enero de 1833 y particularmente al efectuarse el asiento de la colonia británica a partir de 1838, cuando asume Robert Lowcay el gobierno local británico en Puerto Luis, las visitas británicas desde Malvinas a los Estados se multiplican. Estas expediciones – furtivas y depredadoras – tenían el doble objeto de la caza de lobos y talado de madera, para las construcciones malvinenses.

Durante los años 1862 y 1863, siempre en tarea de caza, establece una cabaña en Puerto Cook, Isla de los Estados, recorriendo y reconociendo, como una brújula ígnea, el archipiélago de las Wollaston, Isla Hermite, el verdadero y falso Cabo de Hornos. Fue entonces cuando desembarcó en la Isla del Cabo de Hornos y calcinado por el fervor patriótico grabó el famoso mensaje:

“Aquí termina el dominio de la República Argentina. En la Isla de los Estados (Puerto Cook) se socorre a los náufragos. Nancy 1863. Cap. Luis Piedrabuena”.



Así se convierte Piedrabuena, en el primer navegante que puso pie en ese hito náutico. Deja además en el lugar una bandera argentina fabricada en una plancha de cobre pintada con los colores de la bandera nacional y un asta de hierro.

En 1868, el diputado José Mármol, alegando razones de seguridad territorial para evitar que se anticiparan otros países, pide el tratamiento sobre tablas del otorgamiento a Piedrabuena de la propiedad de la Isla de los Estados. Ya Chile se había establecido en el Estrecho de Magallanes en 1843 y corbetas francesas merodeaban sus riberas con idéntica intención. Piedrabuena quiso salvarlo para nosotros y con ese objeto se estableció por su cuenta en1869 en la bahía de San Gregorio. Pero fue desalojado por las fuerzas chilenas ante la falta de respaldo de nuestro gobierno. Entonces dijo con amargura.

“Si yo tuviera del gobierno instrucciones escritas en vez de verbales y si por este motivo no tuviera incidentes que pudieran sobrevenir, que tal vez me costaran reproches, no sería yo, ni mis patagones, los que abandonaríamos Bahía San sin lograr nuestro intento. Como argentino me es muy bochornoso tener que observar impasiblemente los avances de los chilenos en este pedazo de suelo de mi patria”.


(José Luis Muñoz Azpiri (h) es académico de número del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas)

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