ARGENTINA / Civilización o barbarie / Escribe: Ana Gómez







El 29 de Julio de 2012, el diario Clarín publica una nota alertando a la población sobre una nueva trampa del kirchnerismo para malgastar los fondos públicos: la creación de 9 universidades nacionales, 5 de las cuales se encuentran en el conurbano bonaerense.

La lectura de la nota deja entrever algunos prejuicios, que sin terminar de explicitarse, hacen aparecer el fantasma del rigor científico como velo que cubre de legitimidad todo lo que explica (aún si se trata de justificar la sobre acumulación capitalista a partir de la difundida teoría económica del derrame).




María Eugenia Duffard repasa uno por uno los currículums de las conducciones de estas nuevas casas de estudio para dejar en evidencia que las “Universidades K” son conducidas por políticos y familiares de esos políticos.

Escandalizada por la falta de mérito, hará buen uso de la pedagogía colonial, para hacer reaparecer la idea tan difundida en los años del neoliberalismo, que vincula la política de los sectores populares con el amiguismo y el clientelismo político. Se olvida la nota de mencionar los casos de los otros políticos que han sabido construir sus carreras desde las “Universidades históricas”.

El riesgo de este tipo de lecturas sobre el fenómeno de las nuevas universidades nacionales, en lugares donde hasta hace poco la política llegaba de la mano de los planes sociales para desocupados, es sugerir posibles clasificaciones no convenientes para construir la justicia educativa, como puede llegar a ser la instalación en el sentido común de la existencia de universidades civilizadas (la Universidad de Buenos Aires, de La Plata y la de Córdoba) y universidades bárbaras (La Universidad de Florencio Varela, Moreno, Merlo, Avellaneda, José C. Paz).

Esta matriz de interpretación se constituye, según el maestro Arturo Jauretche, en la madre de todas nuestras zonzeras. Vale subrayar dos aspectos de esta zoncera: el mesianismo, que impone civilizar, y la ideología, que determina el modo de esa civilización.

En la nota se hace referencia a una reducida oferta académica sin tener en cuenta (es que esto se aprende en la gestión y no en las tribunas del cuestionamiento permanente) la progresividad de los procesos ¿Acaso todas las carreras que ofrecen actualmente “las Universidades históricas” se crearon en el mismo momento de la apertura?

También hace referencia a los abultados presupuestos sin tener en cuenta (es que esto también se aprende en la vivencia de la política entendida como herramienta de construcción de realidades concretas) que la restitución de derechos (o para el caso de la educación superior, la constitución de derechos) no se termina en el plano de lo discursivo si no que depende también y fundamentalmente de la inversión.

Y que esa inversión no parece haber asustado demasiado a redactores y lectores cuando se trató de otro tipo de rubros para los que se necesitó abultados desembolsos del Estado en beneficio de unos pocos.

Se me viene a la mente un pasaje de alguno de los discursos que le he escuchado a nuestro ministro Alberto Sileoni, cuando dice que allí donde hay bajas expectativas sociales nosotros tenemos altas expectativas pedagógicas.

¿Sabés María Eugenia? Muchas de las cifras y observaciones que relatás en tu nota no puedo discutírtelas ni escribo para defender todo lo que cuestionás, pero hay cosas que sí quisiera responderte:

El primer cuatrimestre de trabajo en la Carrera de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Moreno, interpeló mis 8 años de práctica docente en la Universidad de Buenos Aires. Tuve que aprender que el clima, el cuidado de hijos pequeños, las cuestiones laborales, la enfermedad de un familiar, son motivos de inasistencias que hay que saber reparar, aún con métodos alternativos, como los que se suelen implementar en estas nuevas Universidades (como ser las tutorías o clases de apoyo).

Los estudiantes que llegan a estas “Universidades K” hacen equilibrio entre el estudio y los trabajos, en muchos casos precarios o inestables, algunos lo hacen en el marco de cooperativas locales, logran estudiar mientras crían hijos, e intentan integrar los contenidos académicos con los aprendizajes que les da la militancia social y política. No tengo el número preciso, pero me animo a decir que en la gran mayoría de los casos, se trata de la primera generación de graduados universitarios en las familias.

Al empezar el cuatrimestre, en Moreno hubo que esperar tres clases para que pudieran asistir estudiantes que se habían quedado sin agua, ni luz, ni caminos secos, con motivo del temporal que arrasó la zona a comienzos de abril. Eso también debieras contarlo. El primer día de clases pregunté porqué se habían anotado en la Carrera de Trabajo Social, una respuesta fue transversal a las particularidades de cada caso: “porque me enteré que se había abierto la Universidad y me acerqué a ver qué podía estudiar. Siempre quise estudiar”.

Vos sabes que cuando uno escribe en un diario muestra y también oculta.

Con la humildad posible, dejame cuestionarte el enfoque, el ángulo desde el que te parás para contar.


Muchos estudiantes y docentes de la Universidad de Moreno tal vez nunca podamos pagar maestrías bien cotizadas –desde lo material y desde lo simbólico–, pero nos vamos a seguir levantando cada día para sostener, con esfuerzo, trabajo, estudio (si, estudio) y militancia (si, militancia) esta conquista social que el momento histórico y el kirchnerismo (si, el kirchnerismo) permitió.

Cabría reconocerlo, porque algunas de las cosas que planteas, serían mucho mejor recibidas por quienes queremos seguir mejorando las Universidades Nacionales, si pudieras hacerlo.

(Fuente: Agrupación Lucía Cullen)

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