MENDOZA / Precios, Adam Smith y pantalones largos / Escribe: Miguel Longo






Si su hijo adolescente crece y crece, y Usted tiene problemas para ponerle pantalones largos, no se haga problema: córtele las piernas...

Es ésta una afirmación brutal. Sin embargo, constituye una metáfora bastante aproximada de ciertas posiciones en el actual debate sobre precios e inflación en nuestro país. Aplicada a la realidad de la vida cotidiana, hasta se le pretende dar ropaje de racionalidad económica.


Desempolvando las viejas tesis del venerable Adam Smith, se acude al sofisma de que en las relaciones económicas se cumplen determinadas leyes tan inexorablemente como en el mundo físico como puede ser la ley de la gravedad.

Y entonces, apenas en el país se registra un crecimiento de la demanda, que indica un mejoramiento de la situación del conjunto de la sociedad, aparecen las voces de alerta. ¡Cuidado! Si se alienta demasiado la demanda, se pueden desbocar los precios. Osea, el adolescente está creciendo demasiado rápido... hay que cortarle las piernas...

Los que alertan son los mismos que tienen en su poder la facultad de fijar los precios. Y lo hacen como si estuvieran sometidos a una ley inexorable, como si no tuvieran libertad de decisión a la hora de fijar los precios. Es una curiosa forma de interpretar la racionalidad: responden a los mayores requerimientos de la sociedad, no con una producción mayor, sino desalentando la demanda, lo que incluso conspira contra sus propias posibilidades de obtener -en el largo plazo- un mayor beneficio propio.

Es así como se dan situaciones realmente desopilantes y que desafían al más básico sentido común. Por ejemplo: que por un litro de vino de muy buena calidad, cuyos costos reales totales no superan los 5 pesos, se le haga pagar 50 pesos al consumidor. Y que todavía algunas empresas se den el lujo de enojarse porque algún supermercado se haya atrevido a poner ese tipo de vino en oferta... O que el consumidor argentino tenga que pagar un litro de leche o un kilo de carne casi al mismo precio que si estuviera en Tokio, París o Miami.


Es que las supuestas leyes inexorables del mercado, tal como se las quiere presentar, expresan la voluntad del que tiene el sartén por el mango: el mayor beneficio con el menor esfuerzo, aunque ello signifique el mayor esfuerzo con el menor beneficio para el resto.

Sin duda, no hay mayor red de complejidades que los millones y millones de micro y macro decisiones que a cada instante construyen el entramado siempre cambiante de la economía. Y resulta casi un milagro que de ese enjambre de complejidades contrapuestas y contradictorias se puedan obtener resultados coherentes. En eso estriba, por cierto, el arte de la conducción de la economía.

Es necesario, sin embargo, que cada uno de los que deciden asuma la responsabilidad que le corresponde, no tanto respecto de sus propios intereses sino, sobre todo, respecto de la salud económica del conjunto. No es la misma responsabilidad la del ministro del área, la de una empresa formadora de precios o la de un anónimo comprador de un artículo de consumo. En el complejo entramado de las relaciones económicas, uno de los factores determinantes es, indudablemente, la confianza. Y es respecto de esa confianza que hay que medir la responsabilidad de las decisiones. En el respectivo nivel de cada uno de los actores, es fundamental medir si cada decisión que se toma contribuye a afianzar la confianza del conjunto o si, al contrario, la desalienta.


Es ahí donde, al parecer, hace agua la venerable teoría acuñada hace más de dos siglos por Adam Smith. Ella está determinada, fundamentalmente, por la perspectiva de la oferta, dejando en segundo plano el peso de la demanda y, sobre todo, la necesaria equidad y articulación de sus roles en el conjunto social. Es ésta última, precisamente, una perspectiva ineludible en una sociedad que, como la Argentina actual, requiere imperiosamente reconstituir relaciones económicas inclusivas que reviertan la tendencia de los últimos 30 años de una economía de mercado con cada vez menos actores en el mercado.

Se podría decir que nos encontramos en una circunstancia singular y fundacional. Las viejas fórmulas, por más venerables que sean, han mostrado ser ineficientes para superar la contradicción de un país rico con cada vez más pobres. Parece llegada la hora de que los actores de la economía tomen una gran decisión: “cortarle las piernas” a Adam Smith y ponerse, ellos, los pantalones largos.

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