INTERNACIONAL / ¿Por qué Haya de la Torre? / Escribe: Alberto Methol Ferré






En estos años, de creciente y desgarrada unidad problemática latinoamericana, donde los planteos y acciones se efectúan de más en más a la estatura necesaria, América Latina, rompiendo los viejos límites de campanario, desde los obispos del Celam hasta las revolucionarios de la Olas, desde los economistas de la Cepal hasta las conferencias gubernamentales del Mercado Común, desde los “boinas verdes”, rangers, hasta las guerrillas, pasando por una ya no recordable jungla de nuevas siglas, bancarias, empresariales, sindicales, etc., ¿para qué rememorar a Haya de la Torre?¿Qué conexiones tiene con todo esto? O más aún, ¿para qué restituirlo en función de todo esto? ¿Acaso tiene que ver mucho con todo esto? Pareciera desproporcionado. Lo que hoy aparece más bien revelaría la insignificancia.


Pocos hombres de tan maltrecha fama entre las nuevas generaciones, donde corre de boca en boca el santo de la “revolución” y Haya solo es una mala palabra. Al punto, que los espontáneos reflejos de repulsa inhiben el menor intento de inteligir a tal apóstata, más allá de la compulsión del mero denuesto. El solo querer entenderlo suscita retracciones y suspicacias. Grande tuvo que ser su apostasía para tal muerte civil. ¿Qué habrá pasado con ese Haya, que el primer Congreso Latinoamericano de Estudiantes de 1937 en Santiago de Chile proclamara con fervor “Maestro de Juventud” y “Ciudadano de América”, ¿acaso el viejo Haya lleva un gran estudiante muerto en su alma? ¿Qué fue? Porque hoy se sabe más de su decadencia que de su esplendor, y entonces la decadencia se vuelve vacua y falta de concepto. Debemos así remontar de las malas palabras a su génesis, que son las buenas palabras. El tiempo del desprecio para Haya ha sido tan profundo, que linda ya con su más supina ignorancia, y hace sospechar las dimensiones de grandeza del apóstata. Pierde a Haya como él se perdió a sí mismo, ¿no será una inmensa pérdida para las nuevas generaciones latinoamericanas? Las grandes caídas están reservadas sólo a los grandes. Tiene también el terrible privilegio de las mayores desventuras. Es justo que así sea.

Estamos en el Cincuentenario de la Reforma Universitaria, aquel prodigioso movimiento estudiantil que conmovió a toda América Latina. Conmemorarla y sintetizarla, apreciarla y criticarla, es referirse inevitablemente a su hijo y protagonista directo, Haya de la Torre. Es en él, donde la Reforma Universitaria del 18 alcanza su más alta expresión y riqueza. Es en él, donde se retratan también todas las miserias, claudicaciones e impotencias de su generación, la llamada “generación latinoamericana del año 20”. O sea, de nuestros directos progenitores. Y señala con claridad la primera gran convulsión común, bajo variadas formas, de la irrupción de las clases medias en la vida real de América Latina. Es la primera oleada conjunta de las clases medias dentro del viejo sistema patricio terrateniente y de oligarquías comerciales, signo de nuestro atraso y nuestra dependencia agroexportadora. Y el ariete tomó la figura del estudiante.

En efecto, desde el 900 comienzan los grandes discursos a la “juventud”, síntoma de la presencia ponderable de las nuevas clases medias. Sólo en ellas hay “juventudes”, momento de la sociabilidad que les está vedado a campesinos y proletarios. Pues es un fruto de la transición entre la sociedad doméstica y la sociedad política, un singular, fugaz y brillante momento en que todo está en vilo y cuestionado, donde las ideas se libran de la pesadez de las cosas y hasta pueden escudriñar su sentido. Claro, no siempre, pues corren el peligro mortal de la ingravidez. Esta transición, lugar de grandes elecciones, de enfrentamiento directo y global con la condición humana, está posibilitada por una cierta exoneración de la penuria del pan de cada día, cuando todavía los padres subsidian el propio asesinato y rebeldía de sus hijos. Y para ello hace falta un cierto status económico, o la aspiración potente a un status social que alienta el sacrificio de los padres. Pero de algo disponen, para sacrificar. Así, la pujanza de las juventudes latinoamericanas que alborea con el siglo, es señal de la formación ascendente de las clases medias, con quienes hacerse un lugar bajo el sol. “Mi hijo, el doctor” resume esa voluntad y objetivo. Sólo que las clases medias, por su propia situación en la sociedad se bifurcan siempre entre dos caminos, que normalmente conviven en el alma estudiantil: acceder hacia “arriba”, ser reconocido en la sociedad real tal como está estructurada, o repudiar a esa sociedad solidarizándose con los de “abajo”, herido por la injusticia y con los instrumentos conceptuales para visualizarla. La propia situación mediadora de las clases medias les posibilita, ya que no manipular, entender y abrazar a la vez el arriba y el abajo, penetrar sus mecanismos de relación, padecer en su intimidad todas las contradicciones de la sociedad, y es por eso que de su seno salen los mejores dirigentes de la revolución y de la contrarrevolución, de la protesta y del conformismo. Y también la ambigüedad de protestas que son máscara de conformismos. Todo esto se objetivará en alto grado en las vicisitudes de los reformistas del 18.

Antes de Córdoba, los maestros se dirigían a la juventud. José Enrique Rodó es el mayor testimonio de esa devoción magisterial a la juventud, que comienza a ser atributaria de maravillosas virtudes. Pero en Córdoba, la juventud ya habla por sí misma y sobre sí misma: “La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse. No se equivoca nunca en la elección de sus propios maestros.

Ante los jóvenes no se hace mérito adulando y comprando. Hay que dejar que ellos mismos elijan sus maestros y directores, seguros de que el acierto ha de coronar sus determinaciones. En adelante, sólo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien”. Así se pone de manifiesto en Córdoba. Y es también el tiempo en que ella misma empieza a designar “Maestros de Juventud”, epidemia por suerte clausurada, dado el pertinaz infortunio de esas consagraciones, que se condensan en ese personaje mosqueteril y oportunista de Alfredo Palacios. Payasos políticos, de tan larga vetustez asentada en la siempre renaciente credulidad de los jóvenes, como Palacios ponen de relieve hasta qué punto el ser joven no es sólo un acierto, y que el riesgo propio de la juventud es el espejismo. Porque su vocación también es la ruptura de los espejos, la iconoclastia. Tarea saludable, siempre necesaria, pero más difícil y compleja de lo que habitualmente tiene la tentación de creer. Porque el heroísmo se forja junto a una gran paciencia y perseverancia, en la edad de las impaciencias y cuentas de color. Dice la canción que “amores de estudiantes flores de un día son”, pero si prosiguen, quizás sean los mejores. Son la sal del mundo. Pero no es fácil esa fidelidad renovada a la frescura, a la generosidad fraterna, al asombro y a la inteligencia en maduración.

Por Córdoba la juventud entra en escena por sí, en América Latina, y nos exhibe desde ya los rasgos más comunes a todas las juventudes. Pero nada se agota en la generalidad, que es sólo el primer paso hacia un concepto más diferencial y específico. Como en todo, hay también una historia de las juventudes, y las de hoy no son ni pueden ser las de ayer, a pesar de sus parentescos. Importa pues aquilatar en su originalidad el significado latinoamericano de Córdoba, para impedir que las juventudes de hoy por ignorarlo, prosigan en rutinas creyendo que son renovaciones, y estén en mejores condiciones para decir su propia palabra, que sólo puede proferirse en la adecuada conciencia de su situación. Y conciencia situacional, es conciencia histórica. Esta, en América Latina, implica un denodado esfuerzo a contramano.

En efecto, la condición semi-colonial de América Latina, engloba y contamina todos los aspectos de su vida social. Y la Universidad, como institución, es quizá la más vulnerable y sensible, en el plano de la cultura, a su disposición. Es la Universidad donde llega a su paroxismo la contradicción entre el “coloniaje mental” y la necesidad de liberarse de él. Por medio de la Universidad, abierta de suyo a la universalidad, se introducen sin cesar las poderosas corrientes del pensamiento científico, filosófico y social de las metrópolis, que por responder a situaciones profundamente diversas, distorsionan de continuo la auténtica “modernidad” universitaria en relación a las necesidades de su pueblo, conduciéndolas a menudo a pseudo-problemas y pseudo-soluciones, desarraigándolas de su misión. Pero por otra parte, esa Universidad no puede pura y simplemente arraigar, porque le significaría otro tipo de renuncia a su necesidad de promover su ámbito, cosa que no podría lograrse sin asimilar creadoramente las conquistas e inquietudes de las sociedades de mayor desarrollo, que son a la vez las dominantes. Por eso, nuestras Universidades subdesarrolladas son como Jano, tienen dos caras. Por una, son imantadas por sus metrópolis culturales ajenas. Por otra, quiere atender y ligarse a su pueblo, del que mucho tiene que aprender. Pero ese no es un aprendizaje con envase académico. Y así, el péndulo universitario se mueve sin cesar entre ambos polos, oscilando entre una alienación soberbia, que genera un “despotismo ilustrado”, “educador del soberano”, y un irrestañable complejo de culpabilidad, por nostalgia – distancia e incomunicación – con su pueblo. Es de esa situación inexorable que surge el campo específico de las grandes confusiones universitarias, la diversidad de sus caminos. Nada más ejemplar que la desgraciada historia del movimiento estudiantil argentino en la cuna misma de la “Reforma Universitaria”, donde en los momentos decisivos, fue instrumento de los peores intereses, creyendo liberar. Nacida de la Reforma bajo la protección e impulso de Irigoyen, será la FUBA punta de lanza contra el mismo Irigoyen en el 30, abriéndole paso al golpe reaccionario de Uriburu y la “década infame”. Luego volverá s sus andadas, contra la irrupción nacional popular del 45 con Perón y, según cuenta Ciria(1), nació en su seno la “Unión Democrática” capitaneada por la oligarquía vacuna y el embajador Braden. Y podríamos abundar con otros ejemplos. Es que la Universidad, a pesar suyo, está expuesta como nadie a los verbalismos ornamentales y al “ghetto”, no obstante de su pretensión de vanguardia. Ninguna vanguardia verdadera se aísla del grueso del ejército, pero de suyo corre siempre ese peligro, y es el de encontrarse de sopetón a la retaguardia, por extravío. No es extraño: como los estratos universitarios pertenecen además en gran parte a los sectores acomodados de las clases medias, es común encontrar en su seno la mistificación de las buenas conciencias, que encubren su conservatismo con radicalismos. Pero hay también lo contrario, una verdadera historia de heroísmo universitario, una actividad fermental y promotora, en lucha contra las estructuras opresoras arcaicas y sus miserias. Los militantes universitarios se han convertido en elementos políticos decisivos de grandes movimientos populares latinoamericanos. Ello es indudable, y ha sido y será de la mayor fecundidad. Pero, en las loas del aniversario, es bueno recordar que la sangre universitaria no corrió sólo por el lado de las causas nacionales.


¿Y qué pasa con los estudiantes y la historia? Pues es en el ámbito estudiantil donde se presenta más agudamente la cuestión del rol de las generaciones en la historia. Es donde el Jano universitario casi ha perdido su rostro nacional. Uno de los dramas esenciales de los países semicoloniales es la “discontinuidad generacional”. Entre dos generaciones latinoamericanas sucesivas se introduce siempre una cuña, que es la generación europea (con algún norteamericano) precedente. Como filiación intelectual, cada generación latinoamericana queda emparedada entre dos generaciones europeas, a las que se liga mucho más hondamente que con sus antecesores latinoamericanos. Tal la regla general, que admite excepciones. De tal modo, la vida intelectual pierde densidad crítica y capacidad de diálogo, y no puede constituirse una auténtica tradición nacional. Los padres quedan estériles de sus hijos, aún para su asesinato crítico, lo que sería una profundo y esencial continuidad. ¿Qué comunidad puede construirse si no? Pero la forma del parricidio colonial, es simplemente ignorarlos, desdeñarlos, o dejarlos abandonados en el incienso del elogio de sus capillas, y adoptar al maestro extranjero de última moda. Ayer existencialista, hoy estructuralista, mañana vaya uno a saber, porque nos caen como peludo de regalo. La pendiente de la facilidad del latinoamericano es encontrar maestros extramuros, más que en su propia tierra. Respecto de ella, propende a comportarse como Adán, el primer hombre, sin serlo, lo que es su inconveniente. Las generaciones latinoamericanas son, en relación consigo mismo, “sándwich”. Y así sucesivamente, en la noria de la alienación colonial. Este fenómeno del “adamismo” latinoamericano, de su desencuentro y superposición de actualidades metropolitanas y propias, se abulta naturalmente con el estudiante, un Adán redoblado, puesto que recién ingresa a la historia.

Entonces, semicolonia y juventud se conjugan en el más atroz desconocimiento de la historia concreta latinoamericana, a la vez que la busca a tientas, declamando sobre la “historicidad” sin historias reales. “¿Tuvimos maestros en nuestra América?” se ha preguntado hace décadas Luis Alberto Sánchez. En tal sentido, el rito de los “maestros de juventud” tuvo ese aspecto positivo, quería encontrarlos aquí, y expresaba retóricamente una necesidad auténtica. ¿Pero, qué mejor maestra que la historia propia, esa que traspapelamos a cada paso? Una razón más, pues, para tomar directamente y sin tapujos a Haya de la Torre. Nadie como él, para permitirnos reasumir medio siglo de historia latinoamericana y poder proseguirla críticamente, como se debe, sin la calesita de comienzos que son repeticiones desviadas. Nadie como él, para ser guía en retomar hilos perdidos, en función de lo más candente de nuestra actualidad histórica.

Desde un punto de vista católico latinoamericano, hay todavía nuevas razones para hacerlos además de lo expuesto. Y es que en su propio ámbito, cincuenta años después, y por supuesto bajo otras modalidades e imperativos, la Iglesia Católica en su nueva dinámica, se encuentra abocada a su propia “Reforma Universitaria”. Las Universidades católicas latinoamericanas tienen ahora su Córdoba, que es Buga. Los resultados del seminario de Buga, Colombia, de febrero de 1967, sobre la misión de la Universidad Católica en América Latina, inician un tiempo “cordobés” religioso y moderno. La conmoción producida por sus documentos fundamentales está ya abierta, y la crisis de las Universidades Católicas de Santiago de Chile y Valparaíso, son el ejemplo más notorio de este proceso en marcha. En el orden de la “democratización” de la Universidad, la afinidad entre Córdoba y Buga es notoria, si bien sus bases teológicas y filosóficas muy distintas. La hora americana de Córdoba se hace también la hora americana de Buga, donde los obispos desde el Evangelio asumen la tarea de “la des-alienación de posturas generadoras de la cultura colonista”. ¿Y esto qué implica sino la comunicación abierta con la historia de nuestros hermanos latinoamericanos? A plena conciencia, pues sólo se supera y trasciende, lo que se asume vitalmente. Por otra parte, tal circunstancia es aún más abarcadora, puesto que en las universidades estatales latinoamericanas circula la mayor parte de las juventudes católicas, lo que acrecienta la urgencia del replanteo cordobés, que en cierta medida se hizo, o así lo creyó, contra nosotros. O que dejó a la vera del camino a los católicos. Los ventisqueros de hoy, que conmueven a la Iglesia Latinoamericana son las primicias del deshielo, un anuncio de primavera. Confluyen aquí muchos factores, pero muestran de consuno un nuevo fenómeno: la potente irrupción de nuevas clases medias en la Iglesia y en América Latina. Hay como el augurio de una segunda oleada continental, latinoamericana. Por eso, es momento de retomar a nuevo nivel las tradiciones de Córdoba y sus grandes cuestiones, que son las nuestras. ¿Qué mejor mediador entonces para la asunción de Córdoba y sus tareas inconclusas o frustradas que Haya de la Torre, que está en la cruz de los caminos latinoamericanos del siglo XX?

Y finalmente: ¿por qué de Haya a Fidel? Tanto está Haya en el epicentro de nuestro siglo, que es también antecedente inevitable de Fidel, como génesis histórica y como ámbito problemático, pues ambos, de un modo u otro se abocan a la magna cuestión de la unidad nacional latinoamericana. Son como los dos extremos de un mismo proceso. Esto es muy evidente, y ya Halperin señalaba: “Parecía poco probable que la generosa y no siempre coherente ideología reformista lograse sobrevivir, alcanzase eco más allá de la circunstancia universitaria. Sin embargo, lo alcanzó en toda Latinoamérica: jefes de grandes movimientos populares, desde Víctor Haya de la Torre hasta Fidel Castro desarrollaron trayectorias no necesariamente coincidentes a partir de una rebelión universitaria cuyas exigencias declaran mantener en su sucesiva acción política” (2).

De ser cierto lo que afirmamos, y de ello estamos convencidos, es fácil comprender que el título de este artículo desborda ampliamente lo que aquí podemos tratar. Es más bien y nada más que una primera aproximación, un esbozo, como una introducción a una perspectiva de América Latina contemporánea desde sus raíces. Lo que sigue, será un esquema global, sencillo, para que otros se aventuren también por una ruta que creemos fecunda. Partir de problemas más que de soluciones, tender comunicaciones, anudar nuestra historia, para abocarse fielmente y con inteligencia a las tareas de liberación nacional y social que a todos se nos reclama. Cristo vino a cumplir la historia de su pueblo, Israel. Los cristianos latinoamericanos debemos cumplir así la historia de nuestro Israel, América Latina. Con nuestro pueblo y la Iglesia peregrina, que es de todos los pueblos, la Israel universal de todos los Israel.

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