Estamos en período preelectoral decisivo para el país. Dadas las polarizaciones que se producen cuando la política no es pura administración -sino que se decide a gobernar una Nación-, seguro que se trata de una decisión importante, parecida a la que a uno le toca cuando llega, yendo por un camino, a una disyuntiva.
Seguir para un lado, o para el otro. Profundizar el rumbo presente -con las parciales modificaciones que quepa- o dar un viraje fuerte hacia otro rumbo.
El proyecto de quienes hoy son gobierno es conocido. Se ha aplicado por más de una década, con un Estado presente y una cierta noción activa en torno de derechos sociales, tarifas bajas en los servicios, atención a derechos humanos. La otra posición parece atenta al mercado, una producción abierta a la inversión extranjera y un Estado que intervenga poco. Pero, en verdad, esta última es una posición menos conocida. La decisión de debatir se da muy escasamente y nos enteramos de ella casi siempre por los medios, en vez de que se haga por vía de alguna exposición sistemática de programa y de principios.
Que el debate haya pasado de la plaza a la TV en política, es algo que se dio ya desde hace un cuarto de siglo. Pero en los años 90, todavía había debate: vimos entonces a Ibarra o a Chacho Álvarez construirse por su discurso en la pantalla, donde propusieron su distancia con el desastroso proyecto que Menem -y luego De la Rúa- sostuvieron para el país. Había televisión pero también argumentación, palabra, ideas sistematizadas.
Ahora, en cambio, parece que los argentinos hubiéramos renunciado a la discusión y el argumento. El latiguillo inmediatista, el chisme de pasillo elevado a noticia en titulares, la maledicencia y la sospecha sobre la política como si el resto de la sociedad fuera puro y perfecto, se han entronizado totalmente, y no encontramos en la población las reservas morales o intelectuales que lleven al rechazo de esos mecanismos, propuestos desde algunos espacios mediáticos, y desde otros que están en la política.
Tampoco parece escandalizar a nadie que la política a menudo obedezca a decisiones de empresas propietarias de medios, las cuales a menudo han logrado escapar a una estricta aplicación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Esta ley fue decisiva por su contenido e implicó una larga lucha social y política para su aprobación, pero en los hechos ha habido enormes obstáculos judiciales y de poder para que se diera su aplicación.
Los argentinos fuimos un pueblo cultivado, escolarizado. La escuela sarmientina nos hizo temprano ejemplo en Latinoamérica sobre lectura y educación. Revistas como “Billiken”, editoriales tempranas y variadas, compañías de cinematógrafo, una tradición docente heredera del normalismo de la Escuela de Paraná, forjaron un país que fue ejemplo para nuestro continente desde el punto de vista de la construcción de las instituciones educativas y de las industrias culturales.
No renunciemos a ello. No perdamos la posibilidad de argumentar, debatir, pensar. No nos pasemos al reino de la interjección, la palabra fácil que no pasó por el cerebro, y los juicios apresurados e irreflexivos con que el nuevo universo tecnológico nos atosiga.
Se juega nuestro futuro, el de nuestros hijos. Nos jugamos el precio de servicios y tarifas, el valor y cumplimiento de los sueldos y las jubilaciones, la vigencia de las paritarias y los derechos sindicales, el presupuesto para cultura y educación, las empresas que hoy son del Estado, la presencia renovada de los ferrocarriles. Se juega, por cierto, que no volvamos otra vez a una situación de desastre nacional como la del del año 2001.
Que, para decidir sobre todo eso, no sea el ruido informacional lo que nos convenza, sino la mejor razón y argumento. En fin: como se ha dicho estos días desde un alto estrado, que seamos capaces de discutir sobre proyectos y realizaciones, no sobre chamuyos y pavadas.
(www.jornadaonline.com.ar)








