Del coro de alcahuetes alarmados por las reticencias de Cristina Fernández a negociar sin decoro con los fondos buitre, se destacó el alcalde porteño, Mauricio Macri, quién afirmó incluso que si hay que pagar al contado, habrá que hacerlo. Otros se solazan subrayando las dudas del gobierno acerca del curso a seguir yno faltan quienes se escandalizan porque la presidenta critica a la justicia estadounidense y denuncia la perversidad del sistema financiero mundial. Felizmente, algunos pocos dirigentes opositores acompañaron sin cortapisa la posición argentina frente a la inaudita extorsión de los fondos buitre.
Es obvio que habrá que pagar. La presidenta ha insistido en su posición negociadora y ha demostrado la voluntad de pago de la Argentina desde 2005 a la fecha.Pero no a costa de la calidad de vida de los argentinos. Para sectores de izquierda, el solo hecho de pagar ya implica una resignación, por no haber denunciado inicialmente la deuda ilegítima. Y por haber aceptado la jurisdicción extranjera en caso de conflicto planteada en los 90. Pero ningún gobierno de la democracia se atrevió a repudiar las obligaciones contraídas originalmente por la dictadura, que se sextuplicó tras la caída de María Estela Martínez de Perón. Habrá que pagarle a los buitres, está claro, pero no sobre la comida, la salud y la educación de la sociedad.
Los críticos de la dureza presidencial parecen no haber entendido siquiera que si se inicia una negociación con una actitud de subordinación total, se concluye obviamente con una derrota en todo la línea. Apretado entre los buitres, los bonistas que aceptaron quitas pero ahora observan el juicio en Nueva York con la amenaza de una avalancha impagable, al gobierno le resultará difícil sostenerse con actitud inflexible. Pero no está en los genes del kirchnerismo entregarse sin pelear.
Ningún otro gobierno afrontó la deuda peleando, denunciando y pagando al mismo tiempo. La cesación de pagos internacionales declarada por Adolfo Rodriguez Sáa en el Parlamento no fue una expresión soberana, sino una muestra de impotencia. El mayor default del capitalismo, más de 100 mil millones de dólares en mora, fue declarado con una sonrisa gardeliana.
El primer presidente de la democracia restituida en 1983, Raúl Alfonsín, amagó inicialmente una resistencia al mundo financiero global, pero el intento se diluyó. Las ideas del Consenso de Washington que sometían a las naciones endeudadas a condiciones indignas comenzaban a campear en el mundo.Alfonsín llegó a impulsar un club de deudores integrado por naciones latinoamericanas que negociaran en conjunto, pero los gobiernos de entonces prefirieron plegarse al Plan Brady para refinanciar sus obligaciones.
A Carlos Menem no se le ocurrió, obviamente, la más mínima rebeldía contra el sistema financiero internacional, al cual se abrazó con entusiasmo. Acompañado por Domingo Cavallo, se embarcó en la convertibilidad que sostuvo el dólar a un peso mediante un endeudamiento externo suicida.
El gobierno de Fernando de la Rúa produjo dos fantásticos despojos a través del Blindaje y el Megacanje. Pero la bola había crecido desmesuradamente y explotó en el 2001 con la mitad de los argentinos en la pobreza, un 25% de desocupados y una pavorosa crisis institucional. Domingo Cavallo, que se había destacado durante la dictadura militar por promover la nacionalización de la deuda externa privada, fue luego el ejecutor del Megacanje durante el gobierno de la Alianza, un fabuloso cambio de títulos para estirar los plazos de pago con intereses usurarios. Para ello, siguió las indicaciones del banquero estadounidense David Mulford. Cavallo da clases ahora por televisión de cómo tratar la deuda y Mulford, que embolsó unos 20 millones de dólares como comisionista de la megaestafa, zafó de la justicia argentina, que inexplicablemente durmió la causa hasta su prescripción. El ex funcionario del Tesoro de los Estados Unidos fue citado cuatro veces a declarar, pero nunca se presentó. Algunos de los funcionarios que integraron el gobierno de la Alianza también se dan el lujo de criticar al gobierno que asumió en una situación de precariedad extrema, recompuso las reservas y paga la deuda sin recurrir a préstamos internacionales, al tiempo que redujo el desempleo y la pobreza.
El kirchenrismo convirtió la extrema debilidad post-default en fortaleza. Néstor Kirchner no se plantó ante el poder como un rebelde ultranacionalista o un guapo de los arrabales urbanos, sino que les habló a los banqueros en su idioma, al recordarles con inteligencia que "los muertos no pagan sus deudas".
Para ordenar el frente externo, el kirchnerismo produjo los canjes de deuda de 2005 y 2010, pagó luego puntillosamente esas obligaciones, canceló la deuda con el Fondo Monetario Internacional, arregló con el Ciadi (tribunal arbitral del Banco Mundial)los juicios con empresas extranjeras que litigaron contra el Estado argentino, reprogramó la deuda con el Club de París pendiente desde 1956 y le pagó a Repsol la nacionalización de YPF. Cuando se avizoraba el reordenamiento externo, la salida total del default, a un año y medio de que Cristina concluya su mandato y a seis meses de que caiga la cláusula de tratamiento igualitario que le daría a la Argentina mayor margen de maniobra ante los fondos buitre, la justicia estadounidense le levantó la mano triunfadora a la usura, con un fallo que apunta a retrotraer todo lo avanzado por el país en materia de deuda. Parece un castigo por haber sacado los pies del plato, por ser el primer gobierno argentino que afronta sus obligaciones externas sin pagar nuevos intereses a los banqueros. Y como si esto fuera poco, demuestra que hay vida después del default, sin necesidad de ajustes salvajes como los que se aplicaron en toda América latina en los 90 y que hoy agobian a países de la vieja Europa.
Relativamente privado de acudir a los organismos de créditos internacionales, la Argentina demostró que le va mejor reteniendo los capitales propios que buscándolos afuera. Esta evidencia resulta un sapo intragable para el poder financiero mundial y parece haber llegado el momento de castigar la herejía para demostrar que la alternativa heterodoxa conduce al precipicio. Paradójicamente, para disciplinar a la Argentina corren el riesgo de desbarajustar el tablero financiero mundial que ya no creerá en nuevas reestructuraciones de deuda soberana.
El hecho de que la justicia norteamericana tenga poder como para limitar la política de una nación demuestra la fortaleza del imperio frente a los deudores y obligará al gobierno a redoblar esfuerzos para proteger el crecimiento y la inclusión social.
Sin embargo, el ataque de los fondos buitre pone de relieve la necesidad de profundizar la autonomía nacional con recursos propios que permitan aliviar las crónicas restricciones externas, sin subirse para ello a la bicicleta financiera.
La nueva crisis planteada desde el exterior por la usura internacional no tiene obviamente la magnitud del 2001. Pero al igual que entonces, abre la oportunidad para promover una mayor autonomía por la vía de la substitución de las importaciones y la promoción de exportaciones. No es que se niegue la posibilidad de que ingresen capitales para financiar proyectos productivos, pero los últimos años demostraron que se pueden generar en casa las divisas que a los díscolos se les niegan afuera.
(Diario Tiempo Argentino, sábado 21 de junio de 2014)









