MENDOZA / Países dependientes y ambiente / Escribe: Alberto Lucero






Una característica de los países dependientes, es decir, aquellos países que no pertenecen al selecto grupo de los que imponen decisiones al resto del planeta, es precisamente que ellos dependen de lo que se decide en otros países y con otros intereses.

Los países dependientes no pueden desarrollar libremente sus potencialidades, porque sobre ellos actúan, muchas veces violentamente, intereses a los cuales no les interesa ni la calidad de vida de sus habitantes ni un futuro mejor para esos países dependientes.

Hay ejemplos de sobra por donde se mire: Hilanderías que se derrumban en Bangladesh para proveer tejidos baratos; extracción de petróleo y contaminación mortal en Nigeria por parte de la Shell; Coltan ensangrentado en el Congo; Afganistán asolado por culpa del gas; Irák destruído por tener petróleo y así, la lista es interminable.

Todos los países dependientes, tienen que lamentar que decisiones importantes para ellos, se tomen lejos de sus fronteras, especialmente cuando esas decisiones implican apropiarse de sus recursos naturales.


Hoy, lo mismo que en Irak o en el Congo, lo estamos viendo en nuestra cercana Colombia, en dónde los cultivos de coca, que fueron implantados por intereses foráneos para alimentar el inmenso mercado consumidor de los EE UU y de Europa y son la causa de una guerra interna que lleva más de 50 años, ahora, como si fuera poco el sufrimiento de esa sociedad atravesada por décadas de dolor y llanto, descubren allí otra riqueza, también altamente demandada por los países ricos que está haciendo recrudecer la violencia.

Hoy en Colombia está disminuyendo la superficie sembrada de coca, pero no porque los colombianos que ilegalmente la cultivan opten por un trabajo mejor, sino porque se están volcando a otro rubro también propiciado por el norte opulento, que es la minería ilegal del oro, cuya exportación y comercialización solo es posible merced a decisiones que son ajenas al interés de la república de Colombia, pero que son muy rentables para quienes reciben ese oro y lo introducen en el mercado mundial, tal como vienen haciendo con la cocaína.

En Colombia la minería ilegal del oro ya genera más ingresos que la cocaína, y aunque es una amenaza al medioambiente y una fuente de evasión fiscal, para quienes manejan el negocio del oro a nivel mundial, son años gloriosos para explotar de cualquier forma esas minas de colombianas, porque mientras la economía mundial se tambalea de recesión en recesión, el precio del oro sigue disparándose como un misil y los inversionistas se disputan los lingotes de oro, ese metal denso, maleable y brillante que ha conmocionado al mundo desde la época de la antigua Sumeria, tres mil años antes de Cristo.

En el 2001 en Nueva York una onza troy valía trescientos setenta dólares; en el 2007 ya valía setecientos dólares, mientras la economía mundial caía en picada y hoy la cotización oficial supera los 1.300 dólares la Onza de 0ro 24 kilates. El incremento ha sido permanente y altísimo, a pesar de las oscilaciones lógicas de un mercado tan variable. La nueva fiebre del oro ha llegado a muchos países del mundo, pero es particularmente alta en Sudamérica y tanto por la vía legal, como han logrado hacerlo en algunas provincias de la Argentina, como por la vía ilegal, cómo está ocurriendo en Colombia, los beneficiados no son los países dueños del recurso, sino las empresas que se lo llevan, lo procesan y lo comercializan.


Más de dos mil quinientos millones de dólares en oro salieron de Colombia el año 2011 para ser vendidos en Nueva York, Suiza, Londres y en otras capitales financieras y Colombia cree haber duplicado esa cantidad en el 2012. La nueva bonanza reluciente ha llamado la atención de las tres fuerzas insurgentes que desgarran Colombia, o sea los grupos paramilitares, la guerrilla y los narcotraficantes, porque "El oro vale más que la coca" y se ha convertido en la principal fuente de financiación de los grupos ilegales. Es tan rentable la minería ilegal, que las bandas criminales ya están manejando sus propias excavadoras y toda la maquinaria para la exploración y explotación del oro.

Triste destino el del oro, que todo lo que toca lo pervierte. O quizás la culpa no es del oro, sino de quienes desean poseerlo a toda costa.

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