Hay más clase media hoy que hace diez años en toda Latinoamérica según informes de la CEPAL, y eso incluye la Argentina. Se ha favorecido a este sector social, que ahora no sólo tiene más personas dentro, sino que esas personas tienen actualmente mejores condiciones.
Acabo de visitar el Ecuador, con el honor de haber sido invitado por el gobierno ecuatoriano para la presentación del Plan Nacional del Buen Vivir (2013-2017), es decir, de su plan de gobierno para el presente período. Lo que allí sucede es digno de pensarse. Los sectores medios -que son menos numerosos que en Argentina, pero cubren alrededor de un 20% de la población-, dan en general la espalda al gobierno de Correa. Las estadísticas muestran que esos sectores se han beneficiado con ese gobierno, pero subjetivamente los sectores medios, la llamada "clase media", mayoritariamente se manifiesta en contra del gobierno (que hoy, por el apoyo de las clases populares, gobierna con amplia mayoría en la Asamblea Nacional).
¿Por qué esa paradoja? Quizá porque las clases medias no se representan en el lenguaje del presidente Correa, que es confrontativo con los sectores políticos de derechas que lo atacan desde los medios de comunicación y desde la banca y el capital financiero. Están mejor económicamente pero quisieran un lenguaje de armonía, como el que proponían aquellos que los sumieron en la pobreza y hasta los obligaron a abandonar la moneda nacional para aferrarse al dólar. Las clases medias ecuatorianas están mejor ahora, pero tienen a coincidir con el sentido común propalado desde la TV, que ataca al presidente todo el tiempo y sea cual fuera su posición (por ej., lo atacaban por no explotar la riqueza petrolera del parque Yasuní, y lo atacan igualmente ahora por haber planteado que es necesaria su explotación).
También, tanto en el Ecuador como en países como el nuestro, las clases medias rechazan que se apoye económicamente a los sectores populares. El bono para familias con mínimos recursos, se recusa de manera parecida a como se hace en Argentina con la Asignación por Hijo. Se cree que es dinero tirado, proporcionado a vagos e incapaces.
No se aprecia que, al ofrecer apoyo a los que no pueden acceder a trabajo digno (quieran o no trabajar, lo cierto es que a menudo no pueden), se logra aminorar su situación de excluidos, que es la base para ir configurando eso que se ha llamado "inseguridad". Es decir, habría más criminalidad si los gobiernos no implementaran planes sociales.
Pero, sobre todo, desde los sectores medios no se dan cuenta que nadie les ha quitado nada para darle a los de abajo, sino que se ha hecho planes de gobierno que han mejorado la situación de los sectores populares mientras -a la vez- también la de los sectores medios. No es que se les quita a éstos, que sí sufrían en otros tiempos mermas muy fuertes en sus salarios y jubilaciones (recordar en Argentina cuando Cavallo bajó el 13% todos los sueldos del Estado).
También las clases medias sienten que lo que tienen ahora en automóviles, viajes internacionales y vacaciones frecuentes, se lo han ganado por su propio mérito. Y, sin dudas, a menudo hay un aporte propio en la condición económica. Pero no olvidemos que en una economía nacional que se hunde, no hay proyecto personal que funcione. Cuando la economía se caía a pedazos en el Ecuador de Mahuad o en la Argentina del 2001, no había horizonte de logros para nadie. La posibilidad de éxito económico personal supone una condición económica nacional que funcione bien, no es sólo una cuestión de logro individual.
Y es bueno reflexionar también, en estos casos, en términos en que lo haría Borges. Más de una vez él señaló que era casual que fuera él quien escribiera, y otro el que leyera. Es azaroso que el que nació en una familia pobre, haya nacido allí. No nacimos en familias de clase media porque lo hayamos pedido, o hayamos hecho un trámite antes de nacer. Si hubiéramos nacido en la situación de ellos, seríamos iguales a ellos. Seríamos ellos, en realidad. Es casual que se hayan dado las condiciones que nos han permitido trabajar, educarnos, progresar, sentirnos éticos y responsables de nuestra -mayor o menor- prosperidad económica. Es azaroso que seamos nosotros los que los apostrofamos, y ellos los que son juzgados como indignos de apoyo social, o de honra y dignidad personales. Cada uno de nosotros podríamos ser cualquiera de ellos.
Ojalá las clases medias en Ecuador, en otros países, en el nuestro también, puedan comprender que su propio beneficio no excluye el de aquellos que están en los sectores más golpeados de la escala social. El que los excluye, en realidad, es el beneficio de los grandes monopolios que, cuando imponen sus políticas económicas, perjudican a la vez a los más pobres y a las clases medias. El retorno al liberalismo, en cualquiera de nuestros países, sería el retorno a los ajustes económicos gravosos, a la deuda externa impagable y a la desocupación y pobreza masivas. Y ello arrastraría juntos a las clases medias y a esos sectores populares que tan a menudo ellas rechazan.









