ARGENTINA / Las inversiones muestran el camino / Escribe: Mariano Beristain






Sin embargo, la historia demuestra que el crecimiento económico no necesariamente es sinónimo de inclusión ni tampoco de desarrollo. Depende fundamentalmente de la orientación de las medidas económicas que se adopten y, fundamentalmente, de la continuidad y profundización de esas políticas en el tiempo. Recién en la última década, la Argentina comenzó a revertir un largo proceso de deterioro socioeconómico que coincidió con una destrucción progresiva de la inversión en materia social y de infraestructura que alcanzó su máxima expresión a finales de los '80 y los '90. El caso más emblemático de este proceso fue la desarticulación de buena parte de la red ferroviaria que se rigió por el famoso slogan de Carlos Menem en 1989: "ramal que para ramal que cierra". El neoliberalismo no sólo empobrece sino que atrasa, destruye. La política del derrame, como se conoció en la larga década menemista al supuesto excedente que se volcaba sobre los sectores de ingresos medios y bajos de la riqueza que cosechaban los ricos, mostró que sólo era una operación de marketing del establishment para contener la bronca y el malestar que generaba el aumento alarmante de la desocupación y de la desigualdad. En materia de inversión este fenómeno se replica.


La pobreza y el desempleo estuvieron signados y acompañados por una ausencia total del Estado en materia de inversiones en infraestructura colectiva y social que terminaron agravando el panorama socioeconómico porque hicieron de la pobreza y del subdesarrollo un mal estructural. De acuerdo a un trabajo denominado "La evolución reciente de la Inversión en la Argentina" que la experta Alicia Caballero hizo para la Universidad Católica Argentina, en la década del '80 casi un cuarto del gasto de inversión tenía su origen en el sector público mientras en los noventa este ratio se ubicó por debajo del 10% del total. Cuando uno analiza la inversión extranjera y privada de los '90 puede concluir que la mayor parte de ella estuvo abocada a la compra de activos (fundamentalmente por las privatizaciones) y la penetración de las grandes trasnacionales en el mercado local. Es decir, las inversiones estuvieron centradas en el comportamiento de nuevos mercados ya sea por la desregulación que ordenó Carlos Menem o por la compra a precio vil de las empresas estatales. Prueba de ello es que la inversión empieza a crecer con fuerza a partir de 1991 (cuando comienza el proceso privatizador y desregulador) hasta 1994, año (cuando las privatizaciones empiezan a declinar) en el que se amesetan. Después, entre 1996 y 1998, las inversiones estuvieron asociadas a una nueva cruzada privatizadora y se derrumbaron definitivamente en los cuatro años subsiguientes hasta coincidir con la megacrisis de 2001-02.

También hubo otros casos. Por ejemplo, en los '90 se verificó una fuerte inversión en materia portuaria y en la compra de tecnología y maquinaria vinculada al sector agroindustrial porque el desarrollo incipiente del sector granario requería un soporte de infraestructura que hiciera posible la revolución del campo que también contó con el respaldo del Estado a través de un INTA que servía de soporte científico del proyecto de la patronal agrario. Sin embargo, paralelamente, los peones del campo siguieron sumergidos en condiciones de vida lamentables más características de mediados del siglo XIX que de principios del siglo XXI; salarios miserables, con casi el 70% de la población rural trabajando en negro, sin cobertura social ni red de agua, y gas. Y eso que no mencionamos del acceso a la educación superior que permita a los mismos peones recibirse como ingenieros, responsabilidad que sólo les compete a los hijos de los patrones.


Además, este proyecto de país noventista amplió la brecha entre las provincias ricas como Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe y aquellas ubicadas en el norte argentino como Jujuy, Santiago del Estero y Salta o las del litoral como Entre Ríos. Y en cada provincia, incluso en las más ricas, se observó un deterioro endémico en el campo de la vivienda, la construcción de caminos y rutas, la extensión de la red de agua, gas, la pavimentación de los barrios, inversión portuaria, conjuntamente con la desinversión en educación y salud. La pobreza no radica tanto en la dificultad de una personas para alcanzar un ingreso dinerario sino cuando se transforma en estructural porque el sujeto y su familia están definidos por un entorno marcado por una vivienda precaria, la imposibilidad de acceder a la red de agua potable, la pavimentación, el sistema de cloacas, el transporte público, la medicina y la educación elemental para conseguir un trabajo. Entonces, la pobreza se transforma en estructural y se eterniza con el tiempo, pasando de generación en generación, sin posibilidades reales de una movilidad social. Lo mismo ocurre con las provincias más atrasadas que no reciben inversiones en rutas, caminos, puentes, universidades o energía suficiente para poder exportar o vender en el mercado interno productos y servicios con alto valor agregado. En cambio, a partir de 2002, con un Estado más activo, el proceso de inversiones empieza a tomar un camino distinto. Más agresivo y centrado en los resultados socioeconómicos más que en la búsqueda de los beneficios corporativos. En 2003, el kirchnerismo comienza a poner el foco en las inversiones pero colocando el acento en las necesidades básicas de un país sumergido en un desorden socioeconómico y en la peor de las miserias. En la primera etapa del kirchnerismo, la inversión Bruta Fija superó el 23% del Producto Bruto Interno, cimentado en un Estado sólido con fuerte superávit fiscal y ansioso de recuperar el terreno perdido. Las inversiones ya tuvieron un carácter más socioeconómico. Con sus limitaciones, estuvieron centradas en una visión más de crecimiento de país y no tanto en el intereses de las corporaciones. Porque en definitiva toda la inversión de las grandes firmas estuvo orientada a obtener dividendos que después se remitieron al exterior, dolarizados, que terminaron transformándose en fuga de capitales y favorecieron el crecimiento de las empresas europeas y estadounidenses, provocaron un agujero en las finanzas del país, que precipitaron la crisis y mitigaron la de los países centrales. En cambio, durante la primera etapa del kirchnerismo, "desde principios de 2003 comenzó un proceso de inversión fuerte más vinculado a un proyecto de país. Usted se preguntará: ¿Qué tiene que ver esto con la actualidad? Bueno, probablemente lo que se que se juega en el futuro, cuando Sergio Massa hace referencia a la necesidad de integrar al sector privado en las jubilaciones, sea, en el fondo, cuál es el modelo de país que está en juego. Las inversiones tienen la respuesta.

Detrás hay toda una historia, usted ya la conoce.


(Diario Tiempo Argentino, domingo 18 de agosto de 2013)

Image Hosted by ImageShack.us